Pero bueno, ya que Bernardo tenía tantas ganas de comer dulce, decidió dejarlo disfrutar.
Además, era una forma de darle a Lina una salida digna para no humillarla por completo.
Tal como lo esperaba, al escuchar la oferta de Bernardo, Lina le empujó la cajita contra el pecho.
—¡Está bien! ¡Repártanlo entre ustedes!
Pero antes de irse, se aferró a la canasta de comida y miró a Ariel con los ojos llorosos, armándose de valor.
—¡Me gustas, Ariel! ¡Y te juro que no es solo porque cocinas delicioso!
—También es porque tengo el abdomen marcado —completó Ariel de forma seca.
El rostro de Lina palideció de golpe. La había atrapado.
No podía creer que él supiera eso.
De repente, su mente hizo un clic catastrófico...
Recordó la vez que estaba hablando por teléfono a los gritos en la planta baja con una amiga. Le estaba presumiendo que el chef del piso de su hermana era un papucho absoluto y que tenía unos "cuadritos en el abdomen" que estaban para chuparse los dedos.
Si él había escuchado semejante barbaridad de su propia boca... ¡Quería que la tierra se la tragara!
—Y-Yo... no tiene nada de malo que me gusten los abdómenes marcados, ¿verdad?
—¡Es mil veces mejor tener buen gusto y apreciar eso que andar babeando por tipos panzones!
Sin esperar respuesta, Lina se dio la vuelta y salió corriendo a toda velocidad.
¡Qué vergüenza tan grande!
No sabía exactamente qué tanto de su conversación telefónica había escuchado él.
Esa vez estaba tan emocionada que habló sin ningún tipo de filtro.
Y es que Ariel era el hombre que más se acercaba a su prototipo ideal.
Como dibujante, era una ermitaña absoluta. Cuando tenía fechas de entrega, podía pasar hasta quince días sin salir de casa, alimentándose exclusivamente a base de comida chatarra.
Encontrar a un tipo guapísimo, con cuerpo de gimnasio y que además cocinara como los dioses justo en la puerta de al lado... ¡Era como si el universo le hubiera mandado al amante perfecto empaquetado a su medida!

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