Pero bueno, ya que Bernardo tenía tantas ganas de comer dulce, decidió dejarlo disfrutar.
Además, era una forma de darle a Lina una salida digna para no humillarla por completo.
Tal como lo esperaba, al escuchar la oferta de Bernardo, Lina le empujó la cajita contra el pecho.
—¡Está bien! ¡Repártanlo entre ustedes!
Pero antes de irse, se aferró a la canasta de comida y miró a Ariel con los ojos llorosos, armándose de valor.
—¡Me gustas, Ariel! ¡Y te juro que no es solo porque cocinas delicioso!
—También es porque tengo el abdomen marcado —completó Ariel de forma seca.
El rostro de Lina palideció de golpe. La había atrapado.
No podía creer que él supiera eso.
De repente, su mente hizo un clic catastrófico...
Recordó la vez que estaba hablando por teléfono a los gritos en la planta baja con una amiga. Le estaba presumiendo que el chef del piso de su hermana era un papucho absoluto y que tenía unos "cuadritos en el abdomen" que estaban para chuparse los dedos.
Si él había escuchado semejante barbaridad de su propia boca... ¡Quería que la tierra se la tragara!
—Y-Yo... no tiene nada de malo que me gusten los abdómenes marcados, ¿verdad?
—¡Es mil veces mejor tener buen gusto y apreciar eso que andar babeando por tipos panzones!
Sin esperar respuesta, Lina se dio la vuelta y salió corriendo a toda velocidad.
¡Qué vergüenza tan grande!
No sabía exactamente qué tanto de su conversación telefónica había escuchado él.
Esa vez estaba tan emocionada que habló sin ningún tipo de filtro.
Y es que Ariel era el hombre que más se acercaba a su prototipo ideal.
Como dibujante, era una ermitaña absoluta. Cuando tenía fechas de entrega, podía pasar hasta quince días sin salir de casa, alimentándose exclusivamente a base de comida chatarra.
Encontrar a un tipo guapísimo, con cuerpo de gimnasio y que además cocinara como los dioses justo en la puerta de al lado... ¡Era como si el universo le hubiera mandado al amante perfecto empaquetado a su medida!
Para los agentes solteros, las misiones abundaban, pero rara vez se les asignaban misiones de riesgo extremo o misiones suicidas.
Al no estar casados y no tener descendencia, los altos mandos debían considerar proteger sus linajes.
Claro que tener esposa e hijos tampoco garantizaba estar en primera línea, porque entonces entraba en juego el peso de dejar huérfanos. Pero en el caso de Ariel, siendo hijo único, jamás le asignarían las peores misiones a menos que fuera absolutamente necesario.
Ariel probablemente ansiaba participar en misiones de alto riesgo, ya que tenía el talento y la habilidad para sobrevivir, pero la corporación tenía sus propias reglas.
—Si eres tan buen consejero del amor, ¿por qué no te consigues una novia tú? —contraatacó Ariel.
A Bernardo le dieron ganas de soltarle un puñetazo.
—Mírame bien. Con este cuerpo de leñador que me cargo, ¿quién se va a fijar en mí?
—La pobre chica no te quita los ojos de encima, y a mí me trata como si fuera un oso de peluche gigante e inofensivo.
—Tú en cambio, con esos cuadritos y tu cara de niño bueno... ¡tienes todas las de ganar!
Bernardo no quería admitir que sentía envidia. ¡Ni siquiera su nombre sonaba tan genial como el de Ariel!

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