El problema era que el paciente aún no había muerto, y los intentos de Lupe por convencer a la familia no estaban dando resultados.
Los familiares tenían creencias estrictas sobre la integridad del cuerpo y se negaban rotundamente a donar el corazón. Al parecer, el cliente de Lupe estaba impaciente, lo que desencadenó una fuerte discusión entre ella y su contacto. Él la acusó de ineficiente, y ella le reprochó que estaba demasiado desesperado.
—Este hospital es propiedad de Rayan, no me atrevo a hacer locuras. Si crees que eres mejor, pide trabajo aquí a ver si puedes convencer a las familias —había replicado Lupe en su defensa.
Por lo general, Lupe usaba una mezcla de engaños y falsa compasión para persuadir a los familiares de que detuvieran el tratamiento y donaran los órganos a cambio de una suma de dinero. Así, el paciente le ahorraba a la familia grandes gastos médicos y, al mismo tiempo, les dejaba un colchón financiero. Todo se hacía bajo el manto del consentimiento mutuo.
Ella cobraba una jugosa comisión como intermediaria, mientras se presentaba como la salvadora de los problemas económicos de esas familias. Según su retorcida lógica, si el paciente moría dejando dinero, sus seres queridos ya no sufrirían tanto por la pérdida.
Lupe no tenía idea de que su fachada perfecta había caído tan rápido. Al no recibir respuesta a sus gritos, el miedo comenzó a consumirla.
—¡Auxilio! ¿Hay alguien ahí?
Su voz no era muy fuerte, pero estaba gritando con todas sus fuerzas. El pánico de ser quemada viva o de que le extrajeran los riñones, el corazón y el hígado la hizo perder el control de su vejiga.
Finalmente, Samuel se sentó en una de las camillas, apartando la sábana blanca que lo cubría.
Ese simple movimiento casi hace que a Lupe se le saliera el alma del cuerpo.
—¡Ahhh! ¡¿Quién eres tú?! —chilló, aterrorizada.

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