Sin embargo, apenas habían avanzado unos metros cuando los obligaron a detenerse.
Nadie sabía cómo el señor Ramírez se había enterado de que los amigos de Rayan eran doctores provenientes de Mirasia. Escuchó que eran un abuelo y su nieta, herederos de una prestigiosa familia médica con habilidades extraordinarias.
Aunque desconfiaba profundamente de que la medicina tradicional pudiera ayudar a su nieto, su desesperación lo empujaba a aferrarse a cualquier esperanza.
El hombre de máxima confianza del señor Ramírez fue a interceptarlos en persona.
—Efrén, escuché que los invitados de Rayan son doctores. ¿Por qué no nos avisaste? Ya sabes que nuestro jefe no puede ni dormir ni comer por la angustia de su nieto.
Efrén forzó una sonrisa.
—No es que no quisiera decirles. Es que los doctores tienen prisa. Además, ya les pregunté y me dijeron que no tienen muchas garantías con el problema del joven Ramírez.
Efrén fue muy diplomático, hablando de manera que no ofendiera a nadie ni dejara espacio para que le reclamaran.
—Tengan garantías o no, primero tienen que revisar al paciente.
El hombre mantuvo una sonrisa, pero su tono seguía siendo igual de firme y autoritario.
Era evidente que, cuando se trataba de su nieto, el señor Ramírez no aceptaba un no por respuesta, e incluso el respeto que le tenían a Rayan pasaba a un segundo plano.
Efrén, sin saber qué hacer, miró a Cecilia en busca de ayuda.

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