Afortunadamente, frente a Blas había un espejo de cuerpo entero. A través del reflejo, Cecilia pudo captar a la perfección la mirada resentida y la actitud hipócrita del joven.
—Yo... —Blas instintivamente intentó justificarse, hasta que se dio cuenta de que la voz no pertenecía a Aurora.
Ambos se giraron y encontraron a Cecilia de pie tras ellos, con los brazos cruzados y una expresión implacable. Por un instante, el silencio se volvió denso.
—¡Ceci! ¿No tenías clases? —preguntó Aurora, sorprendida.
—El profesor tuvo un imprevisto y nos reprogramaron el horario.
—Estaba a punto de irme, pero los escuché hablando por aquí.
—Aurora, espero que no te moleste que haya escuchado sin querer.
Cecilia se acercó y se entrelazó del brazo de su prima con familiaridad.
Por supuesto que a Aurora no le molestaba en lo absoluto.
Amaba a Cecilia como si fuera su verdadera hermana menor.
Además, no estaban hablando de nada privado.
Pero Blas era una historia diferente. Por dentro estaba gritando de indignación, sintiéndose acorralado, pero nadie le prestaba la más mínima atención.
Y a Cecilia, evidentemente, le importaba muy poco si él se sentía incómodo o no.
—Qué bueno que no tuviste clase, así puedes descansar. Me enteré de que has estado bajo mucha presión. Mira nada más, ya tienes unas ojeras tremendas.
Aurora envolvió a su prima en atenciones, olvidándose por completo de la existencia de Blas.
Pero Cecilia no iba a dejar pasar el comentario que acababa de escuchar.
—Compañero —dijo Cecilia, clavando su mirada en él—, acabas de decir que mi prima habría entrado al grupo nacional de danza incluso sin vacantes.
—¿Estás insinuando que lo logró por el dinero de su familia y no por su propio esfuerzo y talento?
—¿Y que tú no lograste entrar únicamente porque tu familia no tiene recursos?
Las palabras de Cecilia fueron afiladas como bisturíes.
El rostro de Blas se descompuso, volviéndose de un tono pálido y enfermizo.
La expresión de Aurora se endureció. Justo cuando Blas creía que Aurora iba a regañar a su prima por ser tan ruda, la escuchó decir:
—Blas, no me digas que en serio piensas eso.
—Es solo que me siento deprimido. He dado mi vida entera por esto y, aún así, el grupo nacional ni siquiera me volteó a ver.
El rostro de Aurora se mantuvo inescrutable. Era difícil saber si le había creído el teatrito o no.
Por su parte, Cecilia le sonrió a Blas con una dulzura cargada de ironía.
—Es comprensible que estés triste, compañero. Es duro darte cuenta de que, por mucho que te esfuerces, nunca vas a lograr entrar... simplemente porque te falta talento.
El rostro de Blas se puso rojo de la furia y la vergüenza.
—Tienes toda la razón —masculló entre dientes—, me falta talento.
—¡Pues a seguir intentando, ánimos! —respondió Cecilia, levantando el pulgar con una sonrisa deslumbrante.
Blas sintió que se ahogaba con su propio coraje, incapaz de escupirlo o tragarlo.
Inicialmente, al ver que Cecilia era incluso más hermosa que Aurora, había jugado con la idea de encantar a ambas primas.
Conquistar a cualquiera de las dos le habría asegurado un pase directo a la élite social.
Pero jamás imaginó que la boca de esta chica estuviera cubierta de un veneno tan letal.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana