Delfina subió de inmediato.
Ivana esperó a que su hija subiera las escaleras para mirar a su hijo.
—Esa pulsera... se la compraste a Cecilia, ¿verdad?
Como madre, conocía a su hijo. Ya le había preparado un regalo a Delfina; el otro, necesariamente, era para Cecilia. De lo contrario, no lo habría traído desde afuera.
—¿No la quiso?
¿Su hijo había sido rechazado por Cecilia? Esa mocosa se fue de la familia Ortiz y, contrario a lo que todos imaginaban, no le iba mal; al contrario, vivía a sus anchas y hasta se había vuelto más contestataria.
—Ajá —Héctor volvió a poner cara larga al escuchar el nombre de Cecilia.
—Si no lo agradece, no le compres nada más.
—Es la costumbre de tantos años —respondió Héctor.
—De ahora en adelante prepáraselos a Delfi y ya. Ella ya no nos reconoce como familia.
Héctor asintió por fuera, pero sus pensamientos estaban en otro lado.
Delfina vio el regalo que Héctor había dejado en su habitación. Era muy similar a la pulsera que traía puesta, pero la de la caja era verde.
Entendió al instante. La que Héctor le había puesto hace un momento no era originalmente para ella.
Los ojos de Delfina se enrojecieron de coraje y dio un tirón fuerte a la pulsera.
La pulsera de tréboles rojos se rompió.
Al verla rota, Delfina reaccionó. ¿Cómo iba a explicarles esto a su mamá y a su hermano?
Guardó la pulsera rota en su joyero y se puso la otra, la que sí había sido preparada para ella.
¡Diría que le gustaba más el verde!
Cecilia no aceptó el regalo de Héctor, pero esa tarde manejó hasta el pueblo para visitar a Paloma.
Llevó algunos productos del campo; Paloma, a diferencia de su hijo y su familia, sí sabía apreciar lo bueno.
Al ver los regalos de Cecilia, le encantaron.

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