Agustín fue muy cortés y Lorena ya tenía la comida lista.
Estuvo medio día en el campo; la gente del pueblo era cálida y, además, Agustín era muy atractivo.
Nadie se atrevía a entrar descaradamente a casa de la tía abuela para verlo, pero bastaba con que él se asomara para que hubiera ojos curiosos observándolo.
Por la tarde, Agustín regresó a la ciudad.
Cecilia le había dicho que tenía clases por la tarde. Agustín le pidió la dirección y, para cuando ella salió, él ya la estaba esperando en la puerta.
Esta vez, por coincidencia, se encontraron de nuevo con los padres de Abril Ramírez.
Ese par no se daba por vencido.
—Cecilia —Agustín le hizo señas.
Al mismo tiempo, los padres de Abril se acercaron a ella.
—¡Cecilia!
—¡Cecilia!
El matrimonio se veía aún más demacrado. En días donde otras familias se reunían, su hija estaba en la cárcel; ¿cómo iban a estar bien esos padres?
Además, durante las fiestas, los parientes habían murmurado bastante, y los padres de Abril no lo soportaban.
Parte de los parientes culpaban a Cecilia por ser tan despiadada, y otros decían que la pareja Ramírez no había sabido educar a su hija.
Si no fuera porque ellos fallaron como padres, ¿cómo iba la niña a meterse en semejante problema?
Esto no solo afectaba a la familia de Abril, sino también a la reputación de los parientes.
Aunque no eran gente rica, se jactaban de tener cierto prestigio en el pueblo.
A los Ramírez los regañaron hasta el cansancio.
Estaban enojados y preocupados por Abril, así que habían estado haciendo guardia, esperando a que Cecilia volviera a sus clases.
—¿Qué hacen aquí otra vez?
—Cecilia, nuestra Abril de verdad ya entendió que se equivocó. Mira, lleva tanto tiempo en el reclusorio, ¿no puedes perdonarla?
—Son días de fiesta, todos están reunidos en familia y solo ella está sola allá adentro, pobrecita.

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