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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 361

Durante las festividades, La Belle Cuisine permanecía cerrado al público general, pero reabriría en unos días. Sin embargo, ese día, aunque no había servicio abierto, algunos clientes habituales ya habían reservado salones privados con antelación.

Cecilia llegó acompañada de Agustín. Miranda andaba a mil; los de hoy eran clientes importantes, así que ella misma estaba al frente en la cocina.

Por suerte, el encargado del lugar era un hombre astuto y con muy buen ojo.

Recordaba perfectamente a clientes como Cecilia y Agustín, aunque solo hubieran venido una vez. Además, sabía bien que Cecilia era pariente de la familia Márquez y que su relación era estrecha.

—Señorita Ortiz, bienvenida. La jefa está en la cocina; si gusta buscarla, puedo llevarla ahora mismo.

Cecilia no esperaba tal entusiasmo por parte del encargado.

—No es necesario. Ya que Miranda está ocupada, daremos una vuelta nosotros solos.

El encargado vaciló un momento.

—Hace frío en el patio. Si desean comer, puedo habilitarles un salón privado que normalmente no abrimos al público.

—No hace falta, gracias. Creo que el paisaje de La Belle Cuisine es encantador. Ya casi es primavera y las flores empiezan a brotar, preferimos admirar el jardín —respondió Cecilia—. Eso sí, cuando se desocupen un poco, les agradecería que nos prepararan algo de comer.

Al ver la determinación de Cecilia, el encargado no tuvo más remedio que ceder. La joven parecía sensata; seguramente no iría a molestar a los clientes importantes en los salones privados.

Tras hablar, Cecilia asintió levemente hacia el encargado y condujo a Agustín por un sendero lateral.

Cruzaron un pequeño puente sobre el arroyo y se dirigieron hacia el otro lado.

Al principio, el encargado no le dio importancia. Mucha gente intentaba ir a ver aquel patio, pero estaba cerrado con un gran candado de hierro. Los clientes no tenían acceso; era una zona restringida. Generalmente, al darse cuenta de que no podían pasar, daban media vuelta y regresaban.

Justo cuando el encargado pensaba que Cecilia y Agustín se toparían con pared y volverían, vio por el rabillo del ojo cómo Cecilia sacaba una llave y abría el gran candado.

Sus pupilas se dilataron por la sorpresa.

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