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Cuando al fin ella se rindió, él se enamoró romance Capítulo 632

El crepúsculo se fundía con el bosque. La hoguera encendida frente a las tiendas se reflejaba en la superficie mansa del río, proyectando un tenue brillo ondulante sobre el agua.

—¡Salud!

Chocaron sus botellas de cerveza y bebieron con ganas mientras degustaban la comida. Todos parecían más relajados que nunca, lejos de las tensiones de la ciudad. Yael se acercó a la parrilla, pero Lluvia le dio un golpecito en el dorso de la mano con el mango del pincel.

—Todavía no está listo.

—Es que huele muy bien. —Se apartó con una sonrisa pícara y se sentó junto a Jacob.

De pronto, Lía hizo una pregunta que sorprendió a todos:

—¿Ustedes ya están juntos?

Lluvia se detuvo en seco. Ante la expectativa de los demás, no supo qué decir, hasta que oyó a Yael responder con total naturalidad:

—No estamos juntos. No digas tonterías. No está bien decir esas cosas frente a los Rojas.

Celia miró a Ben. Él tomó un sorbo lento de su cerveza antes de hablar:

—Los Rojas ya no deciden por Lluvia.

Lluvia quedó atónita. En el pasado, dentro de la familia, ella nunca había tenido voz ni voto sobre su propia vida. Pero alguien más le había dicho palabras similares: Simón. Al recordarlo, una sombra de tristeza cruzó sus ojos. Bajó la mirada y se concentró en pincelar la salsa sobre la carne.

Yael, siempre perspicaz, notó el cambio de humor. Con naturalidad, rodeó los hombros de Lluvia con su brazo.

—Si el señor Rojas dice eso, ¿significa que aprueba nuestra relación? —dijo.

—¿Qué?

Las palabras atrajeron la atención de Lluvia al instante. Lo miró desconcertada, pero él le guiñó un ojo, pidiéndole implícitamente que le siguiera el juego.

Antes de que Ben pudiera responder, Celia intervino.

—Sí, lo admito. César fue un poco canalla al principio, por eso, se mereció lo que sufrió después. Pero, ¿saben qué ocurrió en los seis meses que pasó en Starema? Aunque anhelaba la muerte, no se permitía el lujo de liberarse de verdad. Y antes de la operación, se escapó al país para resolver lo de Mario Quiroga cuando ni siquiera cerraban sus heridas...

Cuanto más hablaba Yael, más seria se ponía la expresión de Celia. Así que esa persona que creyó ver en Rivale no fue una alucinación… Era precisamente César.

Rápidamente, ella cortó la conversación.

—Hoy estamos aquí por Ben. No es momento de hablar de otros temas, ¿no creen?

Yael, que estaba en su salsa, fue interrumpido, pero reaccionó al instante.

—Ah, claro. Perdón por la indiscreción. —Levantó su botella—. Señor Rojas, nunca he tenido el gusto de beber usted. Salud.

Ben, queriendo ser amable, chocó su botella con la suya.

Ya muy entrada la noche, el campamento se sumió en el silencio, fundiéndose con la oscuridad del bosque. Solo quedaba la hoguera, crepitando suavemente entre chispas que se elevaban hacia el cielo estrellado.

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