Claudia se quedó sin palabras.
—Disculpe, creo que me equivoqué de persona.
Dicho esto, Claudia dio media vuelta y salió de la oficina.
En el metro de regreso, Claudia no dejaba de pensar en lo que había dicho Emilio.
«Dadas las condiciones de la señorita Chávez… ¿qué tiene usted que valga la pena para que yo me tome tantas molestias para engañarla?»
Claudia sentía que Emilio tenía razón.
No tenía ningún motivo lógico.
Pero, ¿de verdad existen personas idénticas en este mundo?
Al llegar a casa, Claudia vio la silueta de Oscar ocupado en la cocina.
Llevaban tres años casados.
Oscar casi nunca hacía horas extra; salía del trabajo e iba al mercado.
El antiguo trabajo de Claudia quedaba lejos, así que cuando llegaba a casa, por lo general él ya tenía la cena casi lista.
Después de cenar, él recogía todo y luego bajaban juntos a caminar.
Así habían pasado tres años.
Y ahora, mirando a Oscar de espaldas, Claudia sentía una complejidad de emociones indescriptible.
Oscar se giró y vio a Claudia.
Como siempre, le habló con ternura y una sonrisa:
—Debes morirte de hambre, ya casi está lista la cena.
Pronto, la mesa se llenó con la comida favorita de Claudia.
Arroz rojo, camarones al ajillo, carnitas y un pozole humeante.
Aunque vivían con el dinero justo, Oscar nunca escatimaba en la comida para ella.
Y cocinaba delicioso; sus guisos caseros no le pedían nada a un restaurante de cinco estrellas.
En otro momento, Claudia habría devorado todo.
Pero hoy parecía no tener apetito.
—¿Qué te pasa hoy? ¿No se te antoja la comida? —Oscar la miró con un leve rastro de preocupación en los ojos.
Claudia levantó la vista de golpe, clavando su mirada en Oscar, y frunció el ceño.
Al verla con los cachetes inflados, Oscar soltó una risa.
—¿No quieres cenar? ¿Me quieres comer a mí? ¿O prefieres que me vaya a bañar ahora?
Oscar solía bromear y coquetear con su esposa a la menor provocación.
Claudia ya estaba acostumbrada.
—Oscar, ¿hay algo que me estés ocultando?
El tono de Claudia era muy serio.
Miró fijamente los oscuros ojos de Oscar, como si quisiera leerle el alma.
Entonces se dio cuenta de que sus ojos eran profundos, como un abismo sin fondo.
Pero no detectó ninguna emoción sospechosa.
Oscar preguntó de pronto:
—¿Por qué me preguntas eso?
—¡Contéstame!
Oscar levantó la mano como haciendo un juramento.
—Yo, Oscar, jamás engañaría a mi esposa. Si lo hago, que me parta un rayo ahorita mismo.
Claudia se asustó y corrió a taparle la boca:
—¡Cállate, no digas tonterías!
El juramento de Oscar disipó temporalmente las sospechas de Claudia.
La razón le decía que aquello era imposible.

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