Emilio tardó un momento en responder.
—A cada instante.
El corazón de Claudia dio un vuelco doloroso.
—En realidad, yo también la extraño —dijo ella—, porque ya no puedo amarte como lo hacía Verónica.
La voz de Emilio se enfrió de golpe.
—¿Qué me quieres decir?
—Tu hermana me contó muchas cosas hoy, muchas historias de nuestro pasado, pero yo sentí como si estuviera escuchando la vida de alguien más. He estado pensando mucho y finalmente lo entendí: soy Claudia, no Verónica.
Su voz sonaba tranquila.
—Soy yo, pero no soy la de antes. Es como un libro al que le arrancaron la mitad de las páginas. Aunque tengas una vasija que se ve igual, no es la misma. Yo no tengo los recuerdos del pasado. Esa persona, formada por todas esas vivencias, ya desapareció. La yo de ahora solo recuerda su vida con Oscar. Admito que a quien amo es a Oscar, pero tú no eres él. Y nunca podrás serlo.
—En el fondo, ambos perdimos a la persona que amábamos. Yo ya lo acepté, espero que tú tampoco te aferres demasiado.
Emilio amaba a Verónica, no realmente a Claudia. Sus personalidades, experiencias y almas eran diferentes. Y ella tampoco quería ser esa versión de sí misma que vivía un amor trágico y extremo, de esos que terminan en azoteas. Ella solo quería paz.

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