Javier no dejó que Claudia ayudara a levantar la mesa. Como no tenía nada que hacer, se puso a mirar la vista desde el balcón.
Viendo las luces de la ciudad, Claudia no pudo evitar pensar en Emilio. ¿Qué estaría haciendo? Seguramente cenando con los Salazar.
Recordó que los últimos tres años, Emilio había pasado la víspera de Año Nuevo con ella. Se quedaban en su pequeña casa, cenaban algo rico y luego iban al parque a ver los fuegos artificiales. Parecía un sueño ahora. Lástima que esos días no volverían.
Claudia sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos. Le pidió permiso a Javier para curiosear por el departamento. Era inmenso, tenía como siete u ocho habitaciones. Quería preguntarle si no se sentía solo en un lugar tan grande, pero se contuvo.
Llegó al estudio y pensó en buscar un libro para leer mientras Javier terminaba, para luego irse a casa. La biblioteca era impresionante, con estantes que llegaban al techo y una escalera corrediza.
Claudia tomó varios libros al azar, pero estaban en idiomas que no entendía. Perdió el interés y estaba a punto de salir cuando vio un sobre de manila.
Le llamó la atención porque desentonaba totalmente con los ediciones de colección con lomos de piel. La curiosidad le ganó y lo sacó.
Para su sorpresa, el sobre tenía su nombre escrito.
El corazón le empezó a latir a mil por hora. Sabía que estaba mal revisar cosas ajenas, pero al ver su nombre, lo abrió.
Adentro había un montón de fotos y documentos. Claudia los revisó uno por uno, y su corazón se hundió cada vez más.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: De día mi Jefe cruel, de noche mi Esposo dulce