Ugo se sentía como si hubiera vuelto a nacer.
En realidad, mientras su vida pendía de un hilo o cuando estaba inconsciente en la habitación, su cerebro tenía momentos de lucidez intermitente. Sabía que había dos personas en su habitación a menudo y podía escuchar sus conversaciones. O tal vez, ellos decían esas cosas a propósito para que él las oyera.
Ugo no mostró expresión alguna. Su voz era débil, pero cada palabra sonaba clara.
—Sé quién eres. Eres la nuera de la familia Salazar.
—¿Y tú quién eres? —replicó Claudia.
Ugo la miró con sorpresa.
—Eres un asesino —continuó ella—. Mataste a mis padres y querías repetir la hazaña conmigo. Eres el amante de Mariana y todo lo que hiciste fue por orden suya, ¿verdad?
Ugo apretó los labios con fuerza. Finalmente, dijo una palabra:
—No.
Cerró los ojos y añadió:
—Yo conducía el coche que mató a tus padres, lo admito, pero fue un accidente. Estaba borracho. Y lo de atropellarte a ti también fue una coincidencia. Admito que huí por miedo a asumir la responsabilidad, pero eso de que me ordenaron matar es mentira.
Claudia soltó una risa seca.
—Vaya, no esperaba que fueras un perro tan fiel. ¿Qué beneficios te dio Mariana para que le seas tan leal?
Ugo mantuvo los ojos cerrados.


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