Claudia susurró:
—No sé bailar.
Con tanta gente mirando, seguro haría el ridículo.
Emilio, sin embargo, le sonrió:
—No te pongas nerviosa, bailemos por diversión.
La señora Lemus también la animó:
—Esto no es una competencia de baile, querida. Como puedes ver, yo tampoco soy una experta.
Ante la mirada expectante de todos, Claudia sintió que no tenía escapatoria.
Finalmente, armándose de valor, colocó su mano en la palma de Emilio.
Claudia fue conducida a la pista de baile.
Una nueva melodía comenzó a sonar.
Claudia realmente nunca había bailado un vals. Pero en cuanto sonó la música, sintió una extraña familiaridad.
Emilio sostenía firmemente una de sus manos y colocaba la otra en su cintura.
—Sigue mis pasos.
Emilio comenzó a enseñarle los pasos básicos.
Pero Claudia los memorizó tras dar solo unos cuantos pasos.
Lo más extraño era que incluso podía anticipar el siguiente movimiento; sus pasos se volvían cada vez más fluidos.
Era como un recuerdo grabado en lo profundo de su cerebro, tallado en sus huesos.
Las luces giratorias la mareaban un poco.
Su mente estaba en blanco; bailaba guiada completamente por el instinto de su cuerpo.
Sus pasos eran precisos, su postura elegante, y su coordinación con Emilio era perfecta. Parecía como si hubieran practicado innumerables veces.
Hasta Claudia estaba asombrada.
Al terminar la pieza, un aplauso estruendoso resonó a su alrededor.
—Señora Salazar, es usted demasiado modesta. Su nivel no le pide nada al de una bailarina profesional.
—Señora Salazar, es una caja de sorpresas. Sin exagerar, baila mejor que el señor Salazar.
—Fue un deleite visual. Señora Salazar, es usted increíble.
—Con lo hermosa que es, debería estar brillando en el centro del escenario.
Claudia pensó que exageraban para halagar a Emilio.
Pero vio sinceridad y asombro en los ojos de los presentes.
De hecho, la propia Claudia lo había sentido. Durante el baile, se sentía cada vez más capaz, y al final, los movimientos salían por pura memoria muscular.

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