Vicente Mora, el director artístico, daba vueltas por el escenario hecho un manojo de nervios.
Solo faltaban cuatro horas para la función oficial.
La lesión era tan grave que, ni con primeros auxilios inmediatos, se aliviaría en cuatro horas.
El problema era que llevaban dos meses ensayando esa obra y, aparte de Julieta, nadie más sabía bailarla.
Pero Julieta estaba en Concordia; ni volando llegaría a tiempo para apagar este fuego.
Todo el elenco estaba en pánico, como si una nube negra se hubiera posado sobre el teatro.
Adriana, la bailarina principal que se había lesionado, lloraba de desesperación.
Se había ganado esa oportunidad tras años de partirse el lomo ensayando.
Valoraba ese puesto más que a nada y practicaba a diario como loca.
Esta noche era su oportunidad para saltar a la fama, igual que lo hizo Julieta en su momento.
Pero ahora, no solo perdía su oportunidad, sino que traía un desastre de proporciones bíblicas al teatro.
Claudia y otros empleados de servicio estaban parados a un lado.
Sandra también estaba preocupadísima: —Ya valió, adiós a los bonos de medio año de todos. Lo peor es que esto es parte del intercambio cultural con la gente de Zephiron. Con un accidente así, los de arriba van a poner el grito en el cielo. Todos los responsables van a salir embarrados. Adriana nos pasó a fregar a todos.
Claudia miró a Adriana, que no paraba de llorar, y sintió pena: —Fue un accidente, no pueden culparla solo a ella. El teatro también tiene responsabilidad, ¿cómo no van a tener una suplente para una función tan importante?
—Es que no sabes el chisme completo. Este baile fue diseñado a la medida para Julieta. Pero hace un mes, Julieta recibió una invitación de la realeza de Concordia y las fechas se empalmaron. Ella renunció a esta oportunidad y Adriana, que era la suplente, entró al quite. Por eso, el Presidente hasta se peleó con ella.
—Ahí viene el jefe —Sandra le dio un codazo discreto a Claudia.
Claudia miró hacia la entrada.


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