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De día mi Jefe cruel, de noche mi Esposo dulce romance Capítulo 75

—¿Qué ha estado haciendo ella últimamente?

Diego respondió: —Claudia consiguió un nuevo trabajo, es camarera en el Gran Teatro Florecer.

Emilio frunció el ceño.

¿Qué hacía ella trabajando en un teatro?

Diego observaba la expresión de Emilio por el retrovisor.

Un momento después, Emilio ordenó: —Vamos al Gran Teatro Florecer.

Diego le recordó: —La junta directiva lo está esperando en la sala de conferencias.

Emilio le lanzó una mirada fulminante.

Diego se apresuró a decir: —Entendido, señor Salazar.

El auto llegó rápidamente a la entrada del teatro.

Hoy parecía haber una función importante en el Gran Teatro Florecer.

Hasta había patrullas de policía escoltando la entrada.

Diego consiguió dos boletos con un revendedor.

Finalmente lograron entrar.

Cuando entraron, la función acababa de comenzar.

Las luces del teatro se atenuaron y una luz azul tenue, como la de la luna, bañó el centro del escenario. Sonaron tambores suaves, como latidos lejanos, y un grupo de bailarinas con faldas bordadas de colores entraron rápidamente, como flores mecidas por el viento.

En ese momento, la solista entró silenciosamente en el foco de luz.

Llevaba un vestido de danza rojo carmesí con hilos dorados; la falda ondeaba como nubes en vuelo, brillando con cada movimiento.

Su rostro era exquisito, y sus ojos, hermosos y vivaces, parecían estrellas en el cielo nocturno. Sus movimientos eran elegantes, sus pasos ligeros, como si flotara en el aire, provocando ondas a su paso…

Diego encontró los asientos, pero en cuanto se sentó y miró un poco, algo no le cuadraba.

—Esa no es…

Finalmente, la música se ralentizó. Tras una serie de movimientos de alta dificultad, ella fue cerrando su actuación. Sus mangas se movieron suavemente, como alisando las arrugas del tiempo, y el cuerpo de baile la rodeó como una marea. Ella era la luna llena iluminando la noche. Al final, se quedó estática sobre las palmas alzadas de sus compañeros, una mano en el corazón y la otra hacia el cielo, como entregando la fe y la sangre de su pueblo a la tierra y al tiempo.

Las luces se apagaron gradualmente, dejando solo un rastro dorado en sus dedos que tardó en disiparse…

El telón bajó lentamente.

El teatro permaneció en un silencio extraño, como si nadie se atreviera a perturbar el alma que aún bailaba en el aire.

No fue hasta que salió el presentador que el teatro estalló en aplausos atronadores.

Diego aún no podía creerlo: —Claudia se lo tenía muy bien guardado.

Pero al ver que la mirada de Emilio estaba oscura, como si se avecinara una tormenta negra, no se atrevió a decir más.

Mientras tanto.

En los camerinos del teatro.

Apenas Claudia regresó, fue rodeada por todos.

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