Alguien comenzó a seguirle la corriente:
—Claudia, ¿cómo pudiste bajarle el novio a Julieta? Julieta no solo es la estrella de la compañía, es nuestra líder moral.
—Sí, quién lo diría. Parecías muy sencilla y buena onda, pero todo era fingido.
—Julieta y el presidente llevan cuatro años juntos. A ti ya te dieron el puesto de solista sin merecerlo, ¿por qué tenías que meterte en su relación?
Adriana intervino:
— Yo creo que el puesto de solista fue el premio por acostarse con el jefe.
Adriana seguía resentida de que Claudia pasara de ser asistente general a solista principal.
Admitía que Claudia bailaba increíble.
Pero no tenía experiencia en concursos, ni premios, y ni siquiera sabía muchas cosas básicas del medio.
¿Por qué una sola oportunidad valía más que el esfuerzo diario de años de los demás?
Y esa oportunidad debió ser suya.
Adriana sabía que esa noche Claudia entró al quite para salvar la función y debería estar agradecida, pero no podía evitar sentir envidia y rencor.
No solo contra Claudia, sino contra la vida.
Al principio Claudia no entendía nada, pero al ver las noticias en su celular, su cara se descompuso.
Intentó explicar que ese día solo estaba ayudando a comprar utilería.
Pero fue peor, como echarle gasolina al fuego.
—Claudia, ¿nos estás presumiendo que pasaste todo el día con el jefe?
—Nos caías bien, no manches, qué mustia nos saliste.
—Julieta es súper buena con nosotras. No te vamos a perdonar lo que hiciste.
—¡Cállense!
Una voz helada resonó desde abajo del escenario.
Todos voltearon.
Javier estaba de pie allí.
Javier, siempre el caballero perfecto, solía mantener una distancia cortés. Ahora, con esa cara de pocos amigos, daba miedo.
Todos se quedaron mudos del susto.
Javier subió al escenario:
—A partir de ahora, quien se atreva a difamar a Claudia, que vaya recogiendo sus cosas de Florecer.
El grupo de bailarinas bajó la cabeza y se amontonó en silencio, perdiendo toda la arrogancia de hace un momento.
Javier se acercó a Claudia y su voz se suavizó:
—Claudia, tómate el día libre. Yo voy a arreglar esto rápido.
Claudia quiso preguntar algo, pero no supo qué.
Solo asintió y dijo una palabra:
Pero tampoco quería renunciar al escenario.
Claudia se quedó en casa dos días.
El odio en internet no paraba, al contrario, empeoraba.
Muchos famosos salieron a defender a su amiga Julieta.
El nombre de Claudia estuvo en la hoguera pública por dos semanas, alcanzando niveles de atención nunca vistos.
Alguien encontró el Twitter de Claudia.
Ella casi no lo usaba. Lo abrió cuando se acababa de casar con Oscar y le dio por cocinar.
Había subido fotos de sus platillos.
Pero como cocinaba terrible, la fiebre le duró tres días y no volvió a entrar a la cocina.
Esa cuenta, que tenía tres seguidores, subió a ochenta mil en una noche.
Claro, todos eran para insultarla.
Claudia nunca había vivido algo así.
Aunque fuera a través de una pantalla, los insultos parecían meterse en sus ojos y en su cerebro.
Sentía una montaña sobre la espalda, no podía respirar.
Al tercer día, Claudia recibió una llamada de Vicente.

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