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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 1029

Originalmente, Fabián estaba recostado en el sofá con los ojos cerrados, pero al sentir la calidez de las manos de Frida, los abrió de golpe.

Sus ojos estaban surcados de venas rojas que se entrelazaban como una densa telaraña.

Sin decir una palabra, apartó las manos de Frida de su rostro con un movimiento frío y distante.

—No es nada —respondió a secas.

A pesar de saber que Fabián era un hombre frío por naturaleza, Frida no pudo evitar sentir una punzada en el pecho.

Sabía que él parecía mantener una barrera invisible entre los dos, pero aun así, intentó acercarse.

—Hice un caldo especial casero. ¿Te traigo un plato para que lo pruebes?

En un principio, Fabián ni siquiera tenía intención de contestar, pero, temiendo ser demasiado cruel y dejarla en ridículo, murmuró un simple sí.

Animada por su respuesta, Frida fue casi corriendo a la cocina con una sonrisa.

Unos minutos después, regresó sosteniendo un plato de sopa humeante.

Era un caldo de ave con verduras. Olía delicioso, el sabor estaba perfectamente equilibrado y los ingredientes se sentían frescos.

Sin darse cuenta, Fabián se terminó el plato completo.

Pero al dejar el tazón vacío sobre la mesa, un recuerdo lo asaltó de la nada: Belén solía prepararle toda clase de caldos y sopas.

Y él nunca, ni una sola vez, le había dicho que estaban buenos o había valorado su esfuerzo.

Recordarlo ahora, de manera tan repentina, le provocó una extraña sensación de nostalgia.

En ese momento, la suave voz de Frida lo sacó de sus pensamientos.

—¿Te gustó, Fabián?

Fabián levantó la vista. Sin embargo, su mirada estaba nublada y distante. Al ver el rostro de Frida, por un instante, lo que realmente vio fue la imagen de Belén esperando ansiosamente su aprobación en el pasado.

Se quedó perplejo por un segundo antes de responder en voz baja.

—Sí, está muy bueno.

Frida, observando sus ojos, intuyó que él no estaba realmente respondiendo a su pregunta, sino a un fantasma.

A pesar del dolor que eso le causaba, mantuvo la compostura y le dijo con suavidad.

Media hora después, bajó las escaleras.

Se había esmerado en su arreglo personal: llevaba un abrigo largo y elegante que cubría un vestido ceñido, combinado con unos botines de diseñador. Llevaba el cabello suelto, y un maquillaje impecable resaltaba sus facciones, haciéndola lucir aún más sofisticada y hermosa.

Al verla, Fabián no pudo evitar sorprenderse.

Hacía mucho tiempo que no la veía lucir tan deslumbrante.

Condujeron hasta el centro de la ciudad y Fabián estacionó el auto a un lado de la calle. Se bajó rápidamente para abrirle la puerta a Frida.

Al ayudarla a salir, le tomó la mano. Caminaron juntos bajo la intensa nevada, sus siluetas contrastando en medio de la fría noche invernal.

El cine estaba bastante cerca, pero Fabián caminaba muy despacio, como si estuviera ganando tiempo a propósito.

Frida sospechaba la razón: Fabián era un hombre que se preocupaba mucho por las apariencias, y si caminaba a ese ritmo, era simplemente porque se sentía orgulloso de lucirla frente a los demás.

La película comenzaba a las ocho, y ellos entraron a la sala a las siete y cincuenta y cinco.

Frida había elegido los asientos en la última fila, en un rincón apartado donde no llamarían la atención.

A las siete y cincuenta y ocho, entraron dos personas más a la sala.

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