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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 1049

Debido a que había mucha gente alrededor, Belén no quiso armar un escándalo con Tobías, así que se tragó la indignación y guardó silencio.

Tobías, notando que la timidez la estaba venciendo, relajó su agarre y la dejó libre.

Al verla escapar a toda prisa, una sonrisa maliciosa se dibujó en los labios de él.

Soltó una carcajada tan limpia y sonora que, aunque Belén ya se había alejado, pudo escucharla con total claridad.

La piscina termal era inmensa. En otra área, Esteban seguía cuidando pacientemente a Rosa y a Fabio mientras jugaban en el agua.

La verdad es que Esteban se había dado cuenta de la atmósfera romántica entre Belén y Tobías, así que, con mucha discreción, se había colocado estratégicamente para bloquearles la vista a los niños y dejarlos a solas.

En cuanto a Mateo, después de regresar del pasillo de los saunas, había vuelto a su insistente plan de rogarle a Alejandra que le enseñara a nadar.

Por otro lado, Fabián salió del complejo termal con el estómago revuelto y cargado de rabia.

Apenas cruzó la salida, se encontró de frente con Frida, que acababa de bajar de su auto.

Ella puso el seguro al vehículo, se dio la vuelta y lo vio al instante.

Una gran sonrisa iluminó su rostro y, acercándose a él, le preguntó con suavidad:

—Fabián, ¿ya terminaste tus asuntos?

Esa misma noche, cuando Fabián se enteró de que Belén y su grupo irían a las aguas termales, le había puesto de pretexto a Frida que tenía un compromiso urgente.

Le había mentido en la cara.

Sin embargo, al enfrentarse a su mirada, él respondió con frialdad, sin mover un solo músculo del rostro:

—Sí.

Apenas dijo eso, Frida notó algo extraño y bajó la vista. Vio que la sangre le goteaba de la mano.

El ceño de Frida se frunció de inmediato por la preocupación y se apresuró a tomarlo del brazo.

—¡Fabián! ¿Qué te pasó en la mano? ¡Estás sangrando!

Preguntó angustiada mientras intentaba examinar la herida.

Pero Fabián no le dio oportunidad. Con un movimiento brusco y frío, retiró la mano y respondió con sequedad:

—No es nada, no me voy a morir.

Esa respuesta helada borró de un plumazo la sonrisa que Frida tenía en el rostro.

Tras unos segundos de incómodo silencio, ella tragó saliva y se atrevió a decir:

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