La tensión en el aire era casi palpable.
Emilia no estaba dispuesta a darse por vencida. Tragándose el miedo, sostuvo la mirada de Tobías Galindo.
A pesar de que los ojos de él parecían a punto de devorarla viva, ella no retrocedió ni un milímetro.
Incluso se atrevió a desafiarlo.
—No me voy a bajar. Este lugar siempre debió ser mío.
Al ver que ella se aferraba al asiento, Tobías simplemente se encogió de hombros con desdén.
—Haz lo que quieras —dijo con total indiferencia—. Me compraré otro auto y listo.
Dicho esto, abrió la puerta y se bajó del vehículo.
Al darse cuenta de que él hablaba en serio, Emilia entró en pánico.
—¡Tobías, detente! —gritó, desesperada.
Pero él fingió no escucharla. Sin mirar atrás ni un segundo, se alejó con paso firme.
Emilia quiso ir tras él, pero Tobías ya había levantado la mano para detener un taxi, que arrancó frente a sus propias narices.
En ese instante, la ventanilla trasera del taxi bajó, revelando el rostro apuesto y cínico de Tobías. Levantó una ceja y, con tono burlón, se despidió.
—Te regalo el auto. Adiós... o mejor dicho, hasta nunca.
Inmediatamente, subió la ventanilla.
Emilia corrió un par de pasos, pero el taxi desapareció rápidamente de su vista.
Se quedó ahí parada, llorando de impotencia. Sabía que, por más que sufriera, Tobías no iba a volver.
Al mirar el lujoso auto estacionado, Emilia sintió, por primera vez, que esa costosa máquina no valía absolutamente nada.
Consumida por el coraje, dio un pisotón de frustración, subió al vehículo y arrancó de golpe.
...
A la mañana siguiente.
Belén Soler seguía plácidamente dormida cuando su celular empezó a sonar sin previo aviso.
Tanteó a ciegas sobre la mesita de noche hasta encontrarlo y se lo llevó a la oreja.
—¿Bueno? —contestó, sin siquiera mirar la pantalla.
Al otro lado de la línea, la voz profunda y autoritaria de Fabián Rojas lanzó una orden.
Intentó conciliar el sueño otra vez, pero fue imposible.
Al entrar a WhatsApp, vio que Tobías le había escrito la noche anterior pasadas las diez.
«Cariño, ya llegué a casa.»
Como no obtuvo respuesta, Tobías le había mandado otro mensaje.
«¿Qué tal si me acompañas a comprar un auto cuando tengas tiempo?»
Para cuando llegaron los mensajes, ella ya estaba profundamente dormida.
Ahora, viéndolos de día, le respondió con cierta confusión.
«¿No tienes auto ya? ¿Para qué quieres otro?»
La respuesta de Tobías no tardó en llegar.
«Alguien ensució el mío. Ya no lo quiero, me compraré uno nuevo.»
Belén blanqueó los ojos al leer aquello, pero no le contestó.
Para ella, Tobías simplemente tenía demasiado dinero y no sabía en qué gastarlo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....