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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 1060

Al llegar al auto, Emilia se subió directamente al asiento del copiloto.

Tobías guardó el arma y subió de prisa al asiento del conductor.

Se abrochó el cinturón, pisó el acelerador y el auto salió a toda velocidad.

Los matones vieron alejarse el vehículo y escupieron al suelo con rabia.

Dentro del auto, Emilia no dejaba de robarle miradas a Tobías. Verlo tan concentrado conduciendo le sacaba una sonrisa que no podía ocultar.

Pero, de repente, el auto frenó en seco.

Como Emilia no llevaba puesto el cinturón de seguridad, su cuerpo salió disparado hacia adelante y casi se golpea contra el parabrisas.

Antes de que pudiera siquiera acomodarse, la voz grave y autoritaria de Tobías resonó en el auto:

—Bájate del auto.

Emilia se quedó petrificada. Giró la cabeza, incrédula, y preguntó:

—¿Qué?

Los oscuros ojos de Tobías estaban fijos en ella, con una expresión helada y distante. Con paciencia forzada, repitió:

—Dije que te bajes.

Emilia se resistió, completamente segura de sus propias palabras:

—Sé muy bien que a ti te importo.

Tobías soltó una carcajada irónica y, endureciendo el semblante, le respondió:

—Habría salvado a cualquiera que estuviera en tu lugar.

Al escuchar eso, la desesperación se apoderó de Emilia y se apresuró a decir:

—Pero Tobías, yo no soy cualquiera. Tú me dijiste hace tiempo que te casarías conmigo.

Tobías giró la cabeza, apoyando un brazo en el volante, y la miró con burla:

—¿Yo dije eso?

Emilia asintió con fuerza.

—Sí, tú lo dijiste.

Tobías se rió aún más fuerte y soltó con desdén:

—¿Y por qué no lo recuerdo?

Sus palabras eran afiladas y heladas, vacías de cualquier afecto hacia Emilia.

Eran como agujas que se clavaban directamente en el corazón de la mujer.

Emilia lo miró, completamente desconcertada.

—Tobías, tú...

Pero él no le dio oportunidad de continuar. La advirtió con tono tajante:

—Grábatelo bien, la mujer que amo se llama Belén Soler, y solo será ella.

Negándose a aceptarlo, Emilia reclamó:

—Tobías, pero la que prometiste que sería tu esposa soy yo, soy yo...

Tobías no pudo soportarlo más y le gritó enfurecido:

—¡Bájate, no ensucies su asiento exclusivo!

Había perdido toda su paciencia y la expresión en su rostro se volvió aterradora.

Emilia se asustó tanto por su mirada que se quedó sin habla, olvidando por completo todo lo que iba a decirle.

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