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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 369

Cuando Tobías escuchó que Belén no le pedía que la soltara, sintió un profundo alivio en el pecho.

Una sonrisa se dibujó en su rostro mientras se incorporaba en la cama.

—Entonces te llevo en brazos.

Belén se sentía pegajosa e incómoda. Al oír a Tobías, no pudo evitar pensar si su olor lo molestaría.

Por eso, se resistió un poco.

—Tobías, solo tengo fiebre, puedo ir sola.

Al escucharla, la sonrisa que acababa de aparecer en el rostro de Tobías se desvaneció en un instante.

Al verlo así, Belén quiso explicarse, pero antes de que pudiera decir nada, Tobías ya se había levantado, le había quitado la cobija y la había levantado en brazos.

La miró desde arriba, con una intensidad penetrante, y dijo con un tono autoritario:

—Te voy a llevar en brazos y punto. Belén, ni creas que te vas a deshacer de mí.

Belén no tenía fuerzas para luchar ni para gritarle. No le quedó más remedio que dejarse llevar.

Tobías la llevó hasta el baño, la dejó de pie sobre el tapete y luego fue a buscar sus zapatos a la cama.

Cuando regresó, se agachó y le puso los zapatos, uno por uno.

Una vez que ambos pies estuvieron calzados, Tobías se enderezó y dijo:

—Haz lo que tengas que hacer. No te voy a mirar, pero me quedaré aquí, cuidándote.

Se dio la vuelta, de espaldas a Belén, con la espalda completamente recta.

A Belén le resultaba incómodo tenerlo ahí parado.

—Tobías, ¿podrías esperarme afuera? —le pidió en voz baja.

Tobías dudó un momento, pero al final asintió.

—Está bien. Estaré justo en la puerta, llámame cuando termines.

Dicho esto, salió del baño.

Belén vio su sombra proyectada en la puerta; Tobías realmente se había quedado parado justo afuera.

Por si acaso, y por miedo a que entrara de repente, cerró la puerta con seguro.

Cuando terminó y abrió la puerta, se encontró con el rostro de Tobías justo enfrente.

—¿Huelo mal?

La pregunta lo tomó por sorpresa. Se quedó perplejo por unos segundos antes de responder:

—No, para nada.

—Mientes —replicó Belén, convencida de que no era sincero.

Tobías se alteró un poco y se apresuró a explicar:

—Es verdad, de verdad que no hueles a nada.

Al verlo tan apurado por explicarse, Belén frunció el ceño, estudiándolo con la mirada.

Pero no pudo descifrarlo, no pudo entenderlo.

Finalmente, apartó la vista y volvió a mirar al techo.

En ese momento, sonó el celular de Tobías.

La habitación estaba en silencio, y Belén pudo escuchar la voz de un hombre al otro lado de la línea.

—Señor Tobías, ya traje lo que me pidió. ¿Quiere que suba?

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