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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 1009

Mientras Gabriela abría la puerta, Belén la observaba detenidamente.

Su expresión pasó del fastidio a una alegría desbordante al instante en que la reconoció.

Aparte de eso, Belén no notó ninguna otra emoción en ella.

Mateo le había dicho que Gabriela tenía los ojos hinchados de tanto llorar, pero, a juzgar por su aspecto, no parecía que hubiera derramado ni una sola lágrima.

Al ver que Belén se quedaba inmóvil y algo distraída, Gabriela la animó:

—¡Pasa, pasa!

Belén reaccionó, le dedicó una gran sonrisa y dijo:

—Claro, gracias, señora.

Apenas cruzó el umbral, Gabriela le tomó las manos. Al notar lo heladas que estaban, preguntó con evidente preocupación:

—Estás congelada, mi niña. ¿Cómo es que no trajiste guantes?

Belén forzó una sonrisa y respondió:

—No pasa nada, señora. Ya estoy acostumbrada.

Pero a Gabriela sí le importaba. Tomó las manos de Belén entre las suyas, inclinó la cabeza y empezó a echarles aliento cálido.

Luego se las frotó con cariño y dijo:

—Ven, vamos adentro. La casa está calientita, en un ratito te vas a sentir mejor. Si te quedas aquí en la entrada, te me vas a enfermar.

Ese gesto tan maternal dejó a Belén un tanto desconcertada.

Para ella, Gabriela no solo era una persona mayor, sino la madre de Tobías. Viniendo de una familia acomodada, se imaginaba que la trataría con cierta distancia.

Pero no, Gabriela había actuado con una ternura increíble.

En ese instante, Belén sintió un calor genuinamente maternal proviniendo de ella.

Tobías la trataba de maravilla, y Gabriela, por el cariño que le tenía a su hijo, también la trataba con un afecto sincero, sin importarle en lo más mínimo su pasado.

Pensar en eso hizo que a Belén se le cristalizaran los ojos.

Gabriela, sin soltarle la mano, la guio hacia la sala principal.

Gabriela se levantó, abrió el refrigerador y sacó algo de fruta. Fue a la cocina a lavarla y luego la acomodó perfectamente en un tazón.

Regresó con la fruta, se hundió en el sofá y encendió el televisor.

Puso una novela de esas de amor entre una mujer mayor y un chico joven que estaba muy de moda.

Justo al prender la pantalla, Gabriela se giró hacia Belén y le dijo:

—¿Para qué te angustias tanto por él? Esas son cosas de hombres, a ellos les toca resolverlo. Tu única tarea es comer bien, dormir a tus horas y disfrutar la vida.

Belén frunció el ceño, confundida.

Al ver que seguía intranquila, Gabriela le recordó:

—Ay, mi niña, nosotras las mujeres debemos preocuparnos menos. Así vivimos más tiempo y con menos arrugas.

El comentario le sacó una sonrisa a Belén, pero no llegó a iluminar sus ojos. Su mirada seguía apagada.

Gabriela, comprendiendo su angustia, le tomó la mano de nuevo y la consoló:

—Escúchame, tienes que confiar en él.

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