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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 402

Hugo no respondió directamente. En cambio, dijo de pronto:

—El profesor Rodrigo tiene una reunión el fin de semana. Me pidió que te invitara.

Belén se sorprendió un poco, pero aceptó.

—Claro.

Aún era temprano y la familia Soler no había regresado, pero el personal de servicio ya estaba preparando la cena.

Hugo ya había entregado los regalos y visto a Belén, pero no daba señales de querer irse.

No fue sino hasta las siete que todos los Soler estuvieron reunidos.

Invitaron a Hugo a quedarse a cenar, y él aceptó sin dudar.

Durante la cena, Gonzalo Soler no paró de platicar con él.

Al principio, las preguntas eran bastante normales. Pero una vez que entraron en confianza, Gonzalo empezó a indagar sobre su situación familiar.

—¿Eres hijo único?

—Sí —respondió Hugo.

—¿Tus padres viven?

—Sí, ambos. Son gente de trabajo.

—¿Y qué edad tienen?

—Señor Soler, mi papá está por cumplir sesenta y mi mamá tiene cincuenta y seis.

Gonzalo alargó un «ah, ya veo», pensativo.

Aunque solo Gonzalo preguntaba, Leandro Soler y Eva también prestaban mucha atención a las respuestas de Hugo.

Cuando sintió que ya había preguntado suficiente, Gonzalo se detuvo. Por su expresión, parecía bastante satisfecho con lo que había escuchado.

Hugo no era tonto y se dio cuenta de que le había caído bien a la familia. A media cena, se levantó para proponer un brindis.

Brindó con cada uno de ellos y, al final, se dirigió a Belén.

—Belén, por tu futuro. Que esté lleno de éxitos, que todo te salga de maravilla y que el amor…

Iba a añadir «te sonría», pero las palabras se le atoraron en la garganta.

Después de cenar, Hugo se quedó un rato más platicando con la familia.

Viendo que se hacía tarde, entendió que quedarse más tiempo sería una imprudencia.

Como había bebido, Hugo tenía que tomar un taxi. Justo en ese momento, uno se detuvo frente a ellos. Con renuencia a irse, se volvió una última vez hacia Belén.

—Bueno, ya me voy.

—Claro —asintió ella.

Hugo abrió la puerta trasera del carro, pero justo antes de agacharse para entrar, se enderezó de golpe y miró a Belén.

—Belén, la verdad es que yo…

Hay palabras que queman si se guardan, pero el destino no le dio la oportunidad de decirlas.

Apenas había empezado a hablar cuando una voz más fuerte lo interrumpió:

—Belén, el abuelo está en la Mansión Armonía. Me mandó a recogerte para que vayas a cenar.

Detrás del taxi se había detenido el imponente Rolls-Royce de Fabián Rojas.

La ventanilla del conductor bajó, revelando el rostro de Fabián, de rasgos marcados y profundos.

Las luces y sombras jugaban en su cara. Con solo recargarse en el asiento, su presencia imponente parecía dominarlo todo.

***

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