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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 444

Abrió los ojos todo lo que pudo y el rostro de Guillermo apareció nítidamente frente a ella. Sonreía con malicia, una expresión de triunfo en su mirada.

Belén supo que algo terrible iba a pasar. Al segundo siguiente, Guillermo le desabrochó la bata.

Su cuerpo quedó expuesto.

Al verla cubierta de moretones, Guillermo no sintió el más mínimo reparo. Al contrario, pareció excitarse.

La mancha de sangre debajo de ella fue como una chispa que encendió sus peores instintos.

Sin contenerse más, se arrodilló en la cama y le separó las piernas, metiendo una de las suyas entre las de ella para impedir que las cerrara.

Sus manos no se quedaron quietas; le arrancó lo que quedaba de la bata.

—¡Guillermo, suéltame! ¡Déjame en paz! —gritaba Belén, luchando y pataleando con todas sus fuerzas.

Pero cuanto más se resistía, más se encendía el deseo de Guillermo.

Justo cuando se desabrochaba el pantalón, la puerta de la habitación se abrió de golpe.

Era una enfermera joven. Miró a Guillermo y le dijo con firmeza:

—La paciente acaba de ser operada, necesita descansar. Por favor, familiar, salga de la habitación.

Interrumpido, Guillermo se abrochó el pantalón sin prisa.

Al bajar de la cama, le lanzó una mirada gélida a la enfermera.

—Más te vale cuidar bien esa chambita, no vaya a ser que la pierdas y ni cuenta te des de cómo fue.

Dicho esto, soltó una carcajada y salió de la habitación.

La amenaza dejó a la joven enfermera temblando de miedo, pero sabía que, en una situación así, no podía quedarse de brazos cruzados.

Después de un momento, Belén le dijo con voz débil:

—Ayúdame a hacer una llamada.

La enfermera la vio cubierta de heridas y supo que la habían golpeado.

—¿A quién quieres llamar? —preguntó, sacando su celular.

En ese instante, varios nombres pasaron por la mente de Belén.

Dicho esto, Cintia se fue, riendo a carcajadas.

La enfermera no se atrevió a mirar a Belén a los ojos, pero antes de salir de la habitación, dejó su celular y salió corriendo.

Belén sabía que la había puesto en una situación difícil, pero no esperaba que, aun así, le dejara el teléfono.

En cuanto lo tuvo en sus manos, no lo dudó un segundo y marcó el número de la policía.

Unos diez minutos después, los agentes llegaron.

Lo primero que les dijo Belén fue:

—Oficial, exijo que me hagan un examen de lesiones.

—De acuerdo —respondió el policía.

Una vez terminado el examen, Belén añadió:

—Me golpearon y casi abusan de mí. Les pido que me hagan justicia.

***

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