Fabián, recargado en su silla ejecutiva, levantó la cara para mirar a Edgar con absoluto desprecio y preguntó:
—¿Viniste hasta acá nada más para decir eso?
Edgar respondió con firmeza:
—Sí.
Fabián soltó una risa involuntaria:
—¿Y crees que te voy a creer?
Edgar, sin achicarse y con total calma, dijo:
—Me da igual si me crees o no, es la verdad.
Fabián apartó la mirada, dejando de prestarle atención, y le dijo en voz baja:
—Edgar, ya puedes retirarte. Si tienes tiempo para venir a contar chismes, mejor úsalo para arreglar tus propios problemas.
Al ver la indiferencia de Fabián, Edgar rugió con rabia:
—Fabián, te estoy diciendo que besé a Frida. No solo la besé, también la toqué. ¿De verdad te vas a quedar ahí como si nada?
Fabián no quería escuchar ni una palabra más. Señaló la puerta con el dedo y le ordenó:
—¡Fuera!
Al oír eso, Edgar, con el rostro demacrado por el cansancio, le gritó:
—Fabián, eres un desalmado. Dices que la amas, pero en realidad no la amas. No amas a nadie. No amaste a Belén y mucho menos amas a Frida.
Fabián no quería oír nada. Mantuvo el dedo señalando la salida y gruñó:
—Te lo repito una vez más: ¡lárgate!
Edgar no se movió. Lejos de irse, alzó la voz aún más:
—Fabián, ¿me estás escuchando o no? No la amas, ¿entiendes? No la amas en absoluto. Aunque te cases con ella, solo va a repetir la historia de Belén. Tarde o temprano se van a distanciar. En lugar de eso, mejor déjamela a mí. Déjame cuidarla. Me gusta, y estoy dispuesto a dar la vida por ella...
No pudo terminar la frase. Fabián, harto, agarró lo primero que encontró a la mano y se lo aventó a Edgar mientras gritaba:
—¡Lárgate! ¡No me obligues a sacarte a golpes!
Edgar, al ver que Fabián seguía en esa postura de indiferencia, soltó una risa amarga:
—¿Ves? ¿Tú crees que te importa?
Fabián levantó la cara, clavando la mirada en Edgar, y preguntó con frialdad:
Leonel volteó a ver a Fabián. Él seguía sentado frente al escritorio, con el rostro inexpresivo, perdido en sus pensamientos, como si hubiera entrado en trance.
Cuando Edgar salía de la oficina, se detuvo, volteó y le soltó una última frase a Fabián:
—Pase lo que pase, no voy a soltar su mano tan fácilmente.
Dicho esto, Edgar se dio la vuelta y se fue.
En el área de oficinas de afuera, todos estaban atentos al chisme, pero en cuanto vieron salir a Edgar, fingieron demencia y bajaron la cabeza para seguir trabajando como si nada.
Después de que Edgar se fue, Leonel regresó a la oficina.
Al ver que Fabián estaba sumido en sus pensamientos, Leonel prefirió no molestarlo y se retiró.
Fabián estaba sentado frente a la computadora, pero no tenía cabeza para trabajar. La voz de Edgar resonaba una y otra vez en su mente, repitiendo esas palabras.
Fabián pasó toda la mañana distraído.
Pensaba en que tanto Lucas como Edgar le habían dicho cosas similares. ¿Será verdad que no ama a nadie?
Pero si no amaba a nadie, ¿por qué sentía esa molestia en el pecho cada vez que pensaba en Belén y Tobías juntos?
Para combatir esa incomodidad, se dejaba caer todos los días en los brazos de Frida y su dulzura.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....