La llamada llegó poco antes del mediodía.
Victoria estaba en el estudio, revisando la presentación de su proyecto, cuando el teléfono de la casa comenzó a sonar. No pensó contestar. Clara podía hacerlo. Pero al tercer timbre, algo la hizo levantar la mirada.
Escuchó pasos rápidos en el pasillo y luego la voz alterada de la empleada.
—Señora Victoria, llaman del hospital.
Victoria salió del estudio.
—¿Qué pasó?
Clara le entregó el teléfono con ambas manos.
—Dicen que la señorita Fernanda despertó.
Durante un segundo, Victoria no dijo nada.
El mundo pareció seguir igual. La casa seguía en calma. Los papeles de su proyecto seguían sobre el escritorio. La caja del regalo de Adrián continuaba cerrada donde él la había visto la noche anterior.
Pero todo había cambiado.
—Gracias —dijo al fin.
Tomó el teléfono.
La enfermera le explicó que Fernanda había abierto los ojos durante unos minutos, que respondía de manera limitada y que el doctor Ramírez había pedido llamar a la familia. Adrián ya estaba en camino.
Claro que lo estaba.
Victoria colgó y permaneció de pie junto al teléfono.
Había imaginado ese momento muchas veces. A veces con culpa. A veces con miedo. A veces con una tristeza que no se atrevía a nombrar. Ahora que había ocurrido, no sintió una emoción clara, sino varias al mismo tiempo.
Fernanda estaba viva de una forma más real.
Y Victoria sabía lo que eso significaba para su matrimonio.
Llegó al hospital cuarenta minutos después.
El piso de neurología estaba más lleno de lo habitual. Médicos, enfermeras y familiares se movían con una energía contenida. Regina Montenegro lloraba sentada junto a Isabel Altamirano. Ernesto hablaba con un doctor. Algunos parientes murmuraban frases de alivio.
Victoria saludó sin llamar demasiado la atención.
Nadie le preguntó cómo estaba.
La puerta de la habitación estaba entreabierta.
Adrián estaba adentro.
Victoria lo vio junto a la cama, inclinado hacia Fernanda, con la mano de ella entre las suyas. No se había quitado el saco. Tal vez había llegado directo de una reunión, tal vez había conducido sin pensar en nada más que en verla.
Fernanda tenía los ojos abiertos.
Se veía débil, confundida, distinta a la mujer segura de las fotografías familiares. Pero estaba despierta. Respiraba por sí misma. Miraba a quienes la rodeaban como si intentara ordenar un mundo que había seguido avanzando sin ella.
—Adrián… —susurró Fernanda.
Victoria no escuchó el sonido completo, pero vio la reacción de él.
Adrián se inclinó más.
—Estoy aquí, Fer.
Su voz cambió como siempre cambiaba cuando hablaba con ella. Se volvió baja, paciente, llena de un cuidado que Victoria conocía solo como espectadora.
Regina se cubrió la boca con una mano.
—Mi niña…
El doctor Ramírez pidió calma.
—Necesitamos evitar demasiados estímulos. Está respondiendo, pero aún está desorientada.
Adrián no soltó la mano de Fernanda.
—No tienes que hablar —le dijo—. Solo descansa. Estoy aquí contigo.
Victoria sintió que esas palabras le llegaban con una claridad dolorosa.
Estoy aquí contigo.
No era una frase extraordinaria. No tenía nada de especial para cualquiera que la escuchara desde fuera. Pero ella supo, en ese instante, que Adrián jamás se la había dicho con ese tono.
A ella le había dado explicaciones. Formalidad. Corrección. Ausencias justificadas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....