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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 9

Victoria dejó de esperar.

No lo anunció. No hizo una escena. No cambió las cerraduras ni dejó maletas a la vista. Simplemente empezó a hacer pequeñas cosas de otra manera.

Esa mañana se levantó temprano, tomó café en la cocina y llevó su computadora al escritorio que casi no había usado desde que llegó a la casa Montenegro. Sobre la mesa colocó los planos del proyecto, una libreta con notas y varias muestras de materiales que Laura le había enviado.

Durante dos horas trabajó sin mirar el teléfono.

Corrigió medidas. Revisó costos. Llamó a un proveedor para confirmar disponibilidad. Después escribió a Daniel Reyes para enviarle una duda técnica sobre el peso recomendado del soporte.

La respuesta llegó pocos minutos después.

Buen punto. Revisa también el sistema de ensamble. Tu propuesta puede mejorar si reduces piezas.

Victoria leyó el mensaje y tomó nota.

No sonrió demasiado. No se permitió convertir una respuesta profesional en algo más. Pero la hizo sentirse útil. Capaz. Presente en una conversación donde sus ideas importaban.

A media mañana, Clara entró con cautela.

—Señora, ¿desea que prepare la comida del señor Adrián para más tarde?

Victoria no levantó la vista de los planos.

—Pregúntale a él si vendrá a comer.

Clara se quedó quieta un segundo.

—Sí, señora.

Antes, Victoria habría llamado a Adrián. Le habría preguntado si cenaría en casa, si prefería algo ligero, si llegaría tarde del hospital. A veces incluso dejaba instrucciones para que su ropa estuviera lista si tenía una reunión temprana.

Ese día no lo hizo.

Cuando Adrián volvió por la tarde, encontró la casa en orden, pero distinta de una forma que no supo explicar. La cena no estaba preparada para dos. Su traje del día siguiente seguía en el vestidor, sin que nadie hubiera elegido la corbata que solía combinar con la camisa.

Victoria estaba en el escritorio, con el cabello recogido y varios papeles frente a ella.

—Llegué —dijo él desde la puerta.

Ella levantó la mirada.

—Buenas tardes.

Adrián esperó un comentario más. Una pregunta sobre Fernanda. Una queja velada por su ausencia. Cualquier cosa.

Victoria volvió a mirar la computadora.

—¿Estás trabajando? —preguntó él.

—Sí.

—¿En lo del proyecto?

—Sí.

Adrián entró un poco más.

—Clara me dijo que preguntara si iba a cenar.

—No sabía tus planes.

—Casi siempre ceno aquí cuando no me quedo en el hospital.

Victoria guardó un archivo antes de responder.

—No siempre.

Adrián no encontró qué decir.

No era un reclamo. Eso lo molestó más que si lo hubiera sido. Victoria hablaba con calma, como si solo estuviera corrigiendo un dato.

—Puedo pedir algo —dijo él.

—Como prefieras.

Esa respuesta lo dejó con una sensación extraña. Antes, Victoria habría intentado resolverlo. Ahora le estaba devolviendo sus propias decisiones.

Adrián la observó unos segundos.

—¿Sigues molesta por lo de Fernanda?

Victoria cerró la libreta.

—No estoy molesta.

—Entonces, ¿qué es esto?

—Estoy trabajando, Adrián.

—No hablo de eso.

Ella lo miró sin enojo.

—Entonces no sé de qué hablas.

Adrián apretó un poco la mandíbula. Quiso decirle que estaba distinta, pero no sabía cómo explicarlo sin sonar absurdo. Ella seguía siendo educada. Seguía en la casa. Seguía respondiendo cuando él hablaba. Y aun así, algo que antes estaba ahí parecía haberse retirado.

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