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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 12

Victoria esperó a Adrián en la sala.

No estaba sentada frente a la puerta ni mirando el reloj a cada minuto. Esa parte de ella, la que antes esperaba señales mínimas para convencerse de que algo podía mejorar, estaba demasiado cansada.

Aun así, necesitaba hablar con él.

No quería reclamarle por Fernanda. No quería reprocharle lo que había pasado en el hospital ni la forma en que todos habían explicado su matrimonio como si fuera una solución temporal. Quería hablar del futuro. De lo que pasaría cuando Fernanda recuperara la memoria, la fuerza y el lugar que todos seguían guardándole.

Adrián llegó cerca de las diez.

Entró con el saco sobre el brazo y el rostro marcado por el cansancio. Victoria notó que venía agotado, pero también notó algo más: seguía mentalmente en el hospital. Con Fernanda. Con los médicos. Con la recuperación que ahora ocupaba cada conversación de ambas familias.

—¿No has subido? —preguntó él al verla.

—Quería hablar contigo.

Adrián dejó las llaves sobre una mesa.

—Victoria, si es por lo de hoy, no creo que sea buen momento.

Ella se quedó quieta.

—No sabes de qué quiero hablar.

—Puedo imaginarlo.

Victoria lo miró con calma.

Adrián se pasó una mano por el rostro.

—Estoy cansado. Fernanda acaba de despertar, el doctor dice que debemos ser cuidadosos y todos están alterados. No tengo energía para escenas.

La frase cayó entre ellos con una fuerza silenciosa.

Victoria no bajó la mirada. Tampoco respondió de inmediato. Se dio cuenta de que Adrián ya la había juzgado antes de escucharla. Para él, su dolor siempre llegaba convertido en molestia, en celos, en algo que debía contener para no complicar la situación.

—No iba a hacer una escena —dijo al fin.

Adrián pareció notar algo en su voz, pero no retrocedió.

—Entonces dime qué pasa.

Victoria respiró con calma.

—Quiero saber qué va a pasar si Fernanda se recupera por completo.

Adrián se quedó callado.

La pregunta era sencilla. Directa. Necesaria. Y aun así, pareció encontrarlo sin respuesta.

—No podemos hablar de eso ahora —dijo.

—¿Por qué no?

—Porque acaba de despertar.

—Precisamente por eso.

Adrián caminó hacia la ventana y luego volvió la vista hacia ella.

—Victoria, no sabemos cómo evolucionará. No sabemos cuánto recuerda ni qué secuelas pueda tener. No podemos tomar decisiones basadas en suposiciones.

Ella asintió despacio.

—Entonces hablemos de nosotros, no de ella.

Adrián no respondió.

Victoria sintió que esa falta de respuesta decía más que cualquier explicación.

—¿Hay un nosotros, Adrián?

Él apretó la mandíbula.

—Eres mi esposa.

—Eso no responde mi pregunta.

Adrián la miró con una mezcla de cansancio e incomodidad.

—¿Qué quieres que te diga?

Victoria sostuvo sus ojos.

Quería demasiadas cosas. Quería que él dijera que no iba a dejarla en el momento en que Fernanda pudiera levantarse de esa cama. Quería que reconociera que ella había estado ahí durante años, no como una empleada de la familia ni como una pieza útil, sino como una mujer que lo amaba.

Quería, sobre todo, dejar de tener que pedir algo que un esposo debería querer dar.

—La verdad —dijo.

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