No sabía si debía creerle a Adrián cuando le había pedido dos horas como si ese tiempo pudiera pesar más que tres años de abandono. Entró a una pequeña boutique sin pensarlo demasiado, no porque quisiera comprar algo, sino porque necesitaba un lugar donde respirar sin sentir que el mundo entero la miraba. La dependienta la saludó con cortesía y Victoria respondió apenas con un movimiento de cabeza antes de recorrer los percheros con una calma que no sentía.
Eligió un vestido sencillo, un abrigo ligero y zapatos cómodos, como si cambiarse de ropa pudiera ayudarla a recuperar el control que había perdido desde que Regina cruzó aquella puerta. Cuando salió del probador y se miró al espejo, no vio a una mujer perdonando, sino a una mujer cansada que, aun así, descubrió algo que la inquietó más que la tristeza: ilusión.
Era pequeña, imprudente, casi vergonzosa, pero allí estaba. Esa mañana había jurado marcharse y, sin embargo, una parte de ella estaba esperando que Adrián cumpliera, que llegara solo y que por fin dejara atrás a Regina y a Fernanda no con palabras, sino con actos.
Victoria cerró los ojos un momento, porque no debía sentirse así, no después de la humillación, no después de verlo mirar a Fernanda aunque hubiera sido un reflejo, no después de haber pedido el divorcio con la convicción de quien intenta salvarse. Aun así, la ilusión seguía allí, creciendo en silencio como algo que llevaba demasiado tiempo enterrado.
Sacó el teléfono y llamó a Laura, quien contestó casi de inmediato.
—Dime que no sigues en París con ese hombre.
Victoria cerró los ojos.
—Sigo en París.
—Victoria.
El tono bastó para hacerla sentirse regañada antes de que Laura dijera algo más.
—No empieces.
—Voy a empezar porque para eso me llamaste —respondió Laura sin suavizarse—. Tú no me marcas desde París, después de desaparecer con Adrián, para decirme que todo está perfecto.
Victoria guardó silencio.
Laura suspiró.
—¿Qué pasó?
Victoria miró hacia la calle a través del cristal de la boutique.
—Regina y Fernanda aparecieron en la suite.
Al otro lado de la línea hubo un silencio pesado.
—¿Aparecieron cómo?
—Entraron.
—¿Entraron a su habitación?
—Sí.
—No puedo creerlo.
—Yo tampoco.
Laura respiró hondo, como si estuviera conteniendo varias palabras que probablemente no ayudarían.
—¿Y Adrián?
Victoria apretó el teléfono.
—Fue tras de mí.
—Eso no responde mi pregunta.
—Me pidió dos horas para deshacerse de ellas y encontrarse conmigo en el aeropuerto.
Laura soltó una risa incrédula.
—Claro, porque lo normal después de que tu suegra y tu hermana irrumpen en una habitación es programar una segunda luna de miel con escala en el aeropuerto.
—Laura.
—No, perdón, pero alguien tiene que decirlo. Esto es una locura.
Victoria bajó la mirada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....