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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 133

Victoria permaneció inmóvil al ver a Fernanda entrar en la sala privada y, durante un segundo, pensó que quizá se había equivocado, que tal vez el cansancio, la tensión de las últimas horas y la espera la habían hecho interpretar mal la presencia que acababa de cruzar aquella puerta. Sin embargo, Fernanda estaba allí, vestida con una elegancia impecable y con los ojos ligeramente enrojecidos, como si hubiera llorado durante el camino y aun así hubiera tenido tiempo de asegurarse de lucir frágil ante quien pudiera verla.

No era Adrián, y eso fue lo primero que Victoria entendió, aunque lo segundo fue mucho peor: Fernanda no parecía perdida, confundida ni arrastrada por Regina como en otras ocasiones, sino que había entrado sola, con una calma que no correspondía al papel de víctima desconsolada que había representado en la suite.

—¿Qué haces aquí?

Fernanda se acercó a ella con suavidad.

—Vine a hablar contigo.

Victoria sintió que algo se tensaba dentro de ella.

—No tenemos nada de qué hablar.

—Creo que sí.

—Si Adrián te envió…

—Adrián no me envió.

La respuesta fue rápida, demasiado rápida, y eso hizo que Victoria la mirara con más atención. Fernanda avanzó unos pasos, observando la sala privada como si aquel espacio también hubiera sido parte de una vida que alguna vez le perteneció.

—Supongo que lo estás esperando.

Victoria sostuvo su bolso con más fuerza.

—Eso no es asunto tuyo.

Fernanda sonrió apenas, sin alegría, como si intentara mostrarse compasiva.

—Victoria, no va a venir.

La frase no logró hacerla retroceder, pero sí consiguió que su respiración cambiara.

—No sabes eso.

—Claro que lo sé.

—¿Porque te lo dijo?

Fernanda bajó la mirada durante un instante, y cuando volvió a levantarla, sus ojos estaban más húmedos.

—No necesitó decírmelo de esa forma.

Victoria no podía dar crédito a lo que escuchaba. Una parte de ella quiso reír por la absurda seguridad con la que Fernanda hablaba, pero otra parte, la más herida, recordó la suite, el llanto, el segundo exacto en que Adrián había girado hacia ella y la vieja sensación de ser desplazada volvió a rozarle el pecho.

—Adrián me pidió que viniera aquí —dijo Victoria—. Me pidió dos horas y dijo que llegaría solo.

Fernanda soltó una respiración temblorosa.

—Y tú le creíste.

—No tienes derecho a venir a sembrar dudas.

—No estoy sembrando nada. Solo estoy evitando que sigas esperando algo que no va a pasar.

Victoria la miró con frialdad.

—Adrián me dijo la verdad.

Fernanda ladeó apenas la cabeza.

—¿Qué verdad?

Victoria apretó los labios. No quería repetirlo delante de ella. No quería darle el gusto de notar cuánto significaban aquellas palabras para una parte de su corazón que todavía estaba demasiado expuesta.

Pero Fernanda insistió con una suavidad calculada.

—¿Que nunca me amó?

La pregunta hizo que Victoria se quedara quieta. Fernanda sonrió apenas, y esta vez la tristeza de su rostro pareció abrir espacio a algo mucho más frío.

—Sí, también me lo dijo.

Victoria sintió un golpe de desconcierto.

—Entonces sabes que no deberías estar aquí.

—Lo que sé es que Adrián está confundido.

—No lo llames confusión solo porque ya no te eligió.

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