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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 158

La cachetada de Isabel resonó en la sala antes de que cualquiera pudiera detenerla.

Fernanda giró el rostro por el impacto y llevó una mano a su mejilla con una expresión de incredulidad absoluta, como si su madre hubiera cruzado una línea que ella jamás creyó posible. Durante años, Isabel había sido la primera en protegerla, justificarla y pedirle al mundo que la tratara con cuidado. Ahora la miraba con una mezcla de horror y decepción que Fernanda no reconocía.

—No vuelvas a decir eso de tu hermana —dijo Isabel, con la voz temblorosa.

Fernanda parpadeó varias veces.

—¿Me golpeaste por ella?

—Te golpeé porque acabas de desearle la muerte a mi hija.

—También soy tu hija.

—Precisamente por eso me duele escucharte.

Ernesto se puso de pie con el rostro endurecido. Adrián, en cambio, permaneció inmóvil. Había escuchado a Fernanda decir muchas cosas envueltas en llanto, culpa o aparente fragilidad, pero aquello no tenía disfraz. Era crueldad pura, dicha sin pudor.

—Siempre es Victoria —escupió Fernanda—. Incluso enferma logra que todos corran detrás de ella.

Isabel cerró los ojos un segundo, como si aquellas palabras terminaran de romper una negación que había sostenido durante años.

—Siempre supimos que esto estaba ahí.

Fernanda frunció el ceño.

—¿De qué hablas?

Ernesto miró a su esposa, intentando detenerla, pero Isabel ya no parecía capaz de callar.

—Tus celos, tu necesidad de ocupar todo el espacio, esa forma de mirar a Victoria como si su existencia fuera una amenaza. Lo vimos desde que eras niña.

Fernanda retrocedió un paso.

—No inventes.

—No lo estoy inventando.

—Ustedes me preferían a mí.

—No al principio —dijo Ernesto, con una voz grave—. Al principio las amábamos igual. Las cuidábamos igual. Celebrábamos a las dos.

Fernanda negó con la cabeza.

—Eso no es verdad.

—Sí lo es —intervino Isabel—. Lo que cambió fue lo que ocurrió después.

La habitación pareció enfriarse.

Fernanda miró a sus padres con una tensión nueva.

—¿Después de qué?

Isabel tragó saliva.

—Después de que te llevamos con aquella psicóloga infantil.

Adrián levantó la mirada de inmediato, pero Isabel no respondió, eso hizo que su silencio bastara. Fernanda soltó una risa breve, cargada de desprecio.

—No empiecen con eso. Yo no fui víctima de nadie.

—Fernanda…

—No. No voy a permitir que usen una historia que ni siquiera recuerdo bien para hacerme parecer una loca

—Tus recuerdos están fragmentados por el coma y por todo lo que vino antes —dijo Ernesto—, pero nosotros sí recordamos.

—Entonces recuerden bien —replicó ella—. Yo era la hija que necesitaba cuidado. Victoria siempre podía sola.

Adrián sintió asco al escuchar esa frase, porque era exactamente lo que todos habían repetido hasta convertirlo en una sentencia contra Victoria.

Isabel se llevó una mano a la frente.

—Creímos que inclinar la balanza a tu favor podía contrarrestar el daño.

—¿Qué daño?

—Gracias a Dios, el daño que sufriste no fue físico como el de Adrián —dijo Isabel, y en cuanto las palabras salieron de su boca supo que había dicho más de lo debido.

Adrián se tensó.

Fernanda dejó de moverse.

—¿Como el de Adrián? —repitió.

Nadie respondió.

—¿Qué le pasó a Adrián?

Adrián habló antes que los demás.

—Eso no te importa ahora.

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