La noticia dejó a Isabel inmóvil en medio de la sala.
—¿Cómo que no está en su habitación?
La empleada bajó la mirada.
—Buscamos en el baño, en el vestidor y en la terraza. Su bolso tampoco está.
Ernesto maldijo entre dientes y salió hacia el pasillo, llamando al personal de seguridad. Isabel permaneció unos segundos sin moverse, quizá porque una parte de ella todavía esperaba que Fernanda apareciera con el rostro húmedo, dispuesta a convertir su desaparición en otra escena de sufrimiento. Pero no apareció.
Adrián fue el primero en recuperar la acción.
—Revisen las salidas, cámaras, garaje y accesos de servicio. Si pidió un auto, quiero saber a dónde fue.
Ernesto se volvió hacia él.
—Esta es mi casa, Montenegro.
—Y mi esposa está muriendo mientras Fernanda huye para no hacerse una prueba.
La frase cayó como un golpe, Isabel llevó una mano al pecho.
—No digas eso.
—Entonces ayúdenme a encontrarla.
El personal empezó a moverse con rapidez. Una empleada confirmó que Fernanda había bajado por la escalera trasera. Un chofer aseguró que no usó ninguno de los autos de la familia, pero el guardia de la entrada recordó haber visto un taxi detenerse a media cuadra.
—¿Hace cuánto? —preguntó Adrián.
—Diez minutos, quizá menos.
—¿Dirección?
—No pude escucharla, señor.
Adrián sacó el teléfono y llamó a su equipo de seguridad. Ya no le importaba parecer autoritario. Victoria no tenía tiempo, y él no iba a permitir que Fernanda lo desperdiciara.
Isabel lo observaba con una mezcla de culpa y temor antes de decir.
—No va a aceptar.
—Entonces tendrá que escuchar a alguien más — dijo Adrián con firmeza.
—¿A quién?
Adrián no respondió de inmediato. Porque sabía a quién llamaría Fernanda. Si se sentía rechazada por sus padres, humillada por él y expulsada del centro de la familia, correría hacia Regina.
—¿A quién puede acudir? —insistió Isabel.
—A mi madre.
Isabel soltó una exhalación amarga.
—Tu madre ya no la recibirá como antes, ella fue la que el hecho de la mansión y envío todas sus cosas de regreso.
—No estés tan segura. Ahora entiendo que mi madre siempre ha preferido una historia que pueda controlar antes que una culpa que la obligue a disculparse.
Ernesto regresó con el rostro tenso.
—La policía no puede intervenir todavía. Es mayor de edad y no hay una orden médica que la obligue a quedarse.
—Pero puede desaparecer —dijo Isabel.
—Eso ya lo hizo.
Adrián caminó hacia la salida.
—¿A dónde vas? —preguntó Ernesto.
—A encontrarla.
—No deberías perder tiempo con ella. Victoria te necesita en el hospital.
Adrián se detuvo, aquello era lo peor. Todo dentro de él quería regresar con Victoria, sentarse fuera de su habitación, esperar una actualización médica y asegurarse de que siguiera respirando, pero cada minuto sin Fernanda podía significar perder tiempo que la mujer que el amaba no tenía.
—Victoria necesita un donante —dijo al fin—. Y si Fernanda es una opción, la voy a encontrar.
Isabel cerró los ojos con dolor.
—Nunca pensé que llegaría a esto.
Adrián la miró.
—Sí lo pensó. Solo creyó que siempre podría evitar las consecuencias.
Salió sin esperar respuesta.
Mientras tanto, Fernanda viajaba en el asiento trasero de un taxi, con las manos apretadas sobre su bolso y la mejilla todavía ardiendo por la cachetada de Isabel. No lloraba. No esta vez. Su rostro estaba limpio de lágrimas porque no había nadie frente a quien necesitara fingir.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....