Adrián cerró los ojos al escuchar la respuesta de Regina.
—No la dejes ir.
—No soy su carcelera.
—Victoria necesita un riñón.
—Lo sé, me acabo de enterar.
La calma de su madre lo irritó más que un grito.
—Entonces haz algo útil por una vez.
Regina guardó silencio unos segundos.
—Cuida cómo me hablas, Adrián.
—No tengo energía para respetar tu orgullo.
—Y yo no tengo intención de permitir que Fernanda convierta esto en otro espectáculo, pero tampoco puedo obligarla a donar un órgano.
Adrián apretó el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le marcaron.
—Nadie está hablando de cirugía ahora. Necesitamos saber si es compatible.
—Lo entiendo.
—¿De verdad?
La respiración de Regina cambió.
—Sí. Más de lo que crees.
Adrián no respondió. No quería darle espacio a ninguna confesión tardía ni a ningún intento de limpiar su conciencia. Victoria estaba en el hospital, conectada a máquinas y dependiendo de decisiones que otros habían retrasado durante años.
—Llévala con los Altamirano o al hospital. Pero no la pierdas de vista.
—Haré lo que considere mejor.
—No, mamá. Harás lo correcto.
Colgó antes de escucharla.
Regresó al auto con una sensación de rabia inútil. Había encontrado a Fernanda, pero eso no significaba que pudiera obligarla a tener humanidad. Condujo hacia el hospital, porque no soportaba seguir lejos de Victoria y porque la idea de que despertara sin él, aunque ella no quisiera verlo, le partía el pecho.
Al llegar, sus abuelos estaban en la sala privada asignada para familiares. La abuela sostenía un rosario entre los dedos y el abuelo hablaba con un médico, haciendo preguntas con una serenidad que solo existía por fuera.
—¿La encontraron? —preguntó Ernesto, que había llegado poco antes.
Adrián asintió.
—Si, está con mi madre. Tal y como lo supuse.
Isabel cerró los ojos con una mezcla de alivio y vergüenza.
—Regina la convencera.
—Mi madre sabe que, si la ayuda a huir, me perderá también a mí.
Nadie respondió. El médico se acercó con los últimos resultados.
—Necesitamos ampliar la lista de posibles donantes. Familiares cercanos son prioridad, pero no son la única opción.
Adrián levantó la mirada.
—Hágame las pruebas.
El silencio cayó de golpe e Isabel fue la primera en reaccionar.
—Adrián, no eres pariente de Victoria.
—Soy su esposo.
—Eso no asegura compatibilidad —explicó el médico—, aunque podemos realizar estudios preliminares. Hay donaciones entre personas no emparentadas, pero el proceso es más complejo.
—Entonces empiece hoy.
El abuelo de Victoria lo observó con una dureza distinta, menos furiosa y más cansada.
—No creas que esto borra lo demás.
—No estoy intentando borrar nada.
—¿Entonces qué intentas?
Adrián miró hacia el pasillo donde estaba la habitación de Victoria.
—Mantenerla viva.
El médico asintió.
—Podemos tomar muestras y hacer una evaluación inicial, pero debe entender que esto no es inmediato.
—Entiendo.
—También deberá pasar revisión médica completa, estudios inmunológicos y valoración psicológica.
—Lo que sea necesario.
El abuelo sostuvo su mirada durante unos segundos.
—Por una vez, espero que lo digas en serio.
Adrián aceptó el golpe sin defenderse.
Horas después, cuando le tomaron sangre, no pensó en agujas ni resultados. Pensó en Victoria despertando sola, en su voz diciéndole que no usara la palabra esposo, en el modo en que su cuerpo se había alterado al verlo. Si su presencia la lastimaba, tendría que aprender a cuidarla desde la distancia, pero si su cuerpo podía salvarla, entonces no iba a dudar.
Cuando regresó al pasillo, una enfermera salió de la habitación.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....