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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 185

Él la miró como si hubiera recibido una herida que decidió no mostrar.

—Tu matrimonio siempre está en medio, incluso cuando no lo nombras.

—Porque sigue siendo parte de mi vida.

El silencio cayó entre ambos. Daniel bajó la voz.

—Y lo entiendo. De verdad. No estoy aquí para decirte qué hacer con Adrián.

Victoria lo miró con cautela. Había aprendido a desconfiar de las frases demasiado correctas, pero Daniel estaba recostado frente a ella, con el rostro cansado y una vía en el brazo. Eso bastaba para recordarle por qué estaba ahí y por qué no podía permitirse pensar mal de él.

—Entonces no lo hagas.

Daniel aceptó el límite con un movimiento leve de cabeza.

—Solo quiero que te cuides de algo que quizá ahora no puedes ver con claridad.

Victoria no respondió.

Daniel apoyó la cabeza contra la almohada, como si incluso hablar le costara más de lo que quería admitir. Su voz conservó ese tono de amigo prudente, de hombre que no reclamaba nada y, precisamente por eso, parecía tener derecho a ser escuchado.

—Cuando alguien casi te pierde, puede confundirse. Puede creer que el miedo es amor, que la culpa es cambio, que el arrepentimiento basta para reparar años de daño.

Victoria apretó los dedos sobre la manta que cubría sus piernas.

—Adrián está intentando hacer las cosas bien.

—Quizá sí.

La respuesta fue serena, casi razonable, y por eso mismo entró con más facilidad. Daniel no lo negó. No lo atacó de frente. Solo dejó aquella duda suspendida entre ambos, como si no quisiera herirla, aunque supiera exactamente dónde dolía.

—Pero tú no tienes que apresurarte a creerlo solo porque ahora se comporta como debió comportarse desde el inicio.

Victoria apartó la mirada hacia la ventana. No quería darle la razón. Tampoco podía rechazar por completo lo que acababa de decir. Adrián había cambiado, sí. Lo veía en su manera de mirarla, de detenerse antes de tocarla, de preguntarle en lugar de decidir. Lo veía en su forma de enfrentar a Regina y en la paciencia con la que aceptaba su distancia.

Pero Daniel también tocaba una verdad que ella aún no sabía cómo sostener: durante años Adrián no había sido ese hombre.

—No es tan simple.

—En un matrimonio que no tiene arreglo nunca lo es —dijo Daniel, suavizando aún más la voz—. Pero siempre buscas entender a todos. A tus padres, a Fernanda, a Adrián. Incluso cuando eres tú quien termina pagando el precio.

Ella tragó saliva.

Aquello sonó como cuidado. Como preocupación. Como la clase de advertencia que un amigo daría cuando cree que alguien vuelve a acercarse al lugar donde ya fue lastimada. Y tal vez por eso le resultó tan difícil responder.

—No vine para hablar de eso.

—Lo sé. Perdón.

Daniel guardó silencio unos segundos, con la mirada fija en ella. No parecía molesto. Parecía medir el cansancio de Victoria, su culpa, el modo en que cada palabra entraba y se quedaba dando vueltas dentro de ella. Para cualquiera, esa pausa habría parecido respeto. Para alguien que observara con más atención, era paciencia.

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