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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 39

Victoria recibió la invitación formal poco después de las nueve.

La firma hotelera quería que presentara su propuesta ante inversionistas a la mañana siguiente.

No como asistente de Daniel.

Como parte central de la presentación.

Leyó el correo varias veces, detenida en una línea:

Victoria Altamirano: propuesta técnica y funcionalidad de producto.

Su nombre. No el apellido de Adrián, ni la familia Montenegro, ni una cortesía por su matrimonio.

Su trabajo la había llevado ahí.

Tomó el teléfono para responder, pero antes respiró. Debía ajustar la presentación, preparar respuestas y confirmar con Daniel el orden.

Entonces sonó el teléfono.

Regina Montenegro.

Victoria miró la pantalla unos segundos antes de contestar.

—Buenos días, Regina.

—Victoria, necesito que vengas al salón pequeño.

No era una invitación. Era una orden dicha con educación.

—Estoy trabajando. ¿Es urgente?

Hubo un silencio breve al otro lado de la línea.

—Es sobre Fernanda.

Victoria cerró los ojos un momento.

—Bajo en unos minutos.

Al llegar al salón, Victoria encontró a Regina junto a Fernanda.

Isabel también estaba ahí, sentada cerca de su hija con expresión preocupada.

Fernanda llevaba un informe médico sobre las piernas.

—Victoria, qué bueno que bajaste —dijo Isabel—. Fernanda tiene una sesión con especialistas mañana.

Victoria se quedó junto a la entrada.

—¿Mañana?

Regina tomó la palabra.

—Sí. El doctor Ramírez consiguió una valoración con un equipo externo. Es importante que alguien de la familia la acompañe y ayude a explicar ciertos antecedentes emocionales.

Victoria entendió hacia dónde iba la conversación antes de que lo dijeran.

—Adrián puede acompañarla.

—Adrián tiene una junta que no puede mover —respondió Regina—. Además, creemos que sería bueno que fueras tú.

Victoria sostuvo su mirada.

—¿Yo?

Fernanda bajó la vista con una sonrisa suave.

—El doctor dijo que podría ayudarme hablar con alguien cercano. Entre hermanas tal vez sea más fácil.

Victoria observó a su hermana. El tono era dulce. La intención, no tanto.

—¿A qué hora es la sesión?

—A las diez —dijo Regina.

Victoria pensó en la invitación abierta en su computadora. En la presentación ante inversionistas. En su nombre en una agenda que por fin no dependía de los Montenegro.

—No puedo —dijo.

El silencio fue inmediato.

Isabel parpadeó.

—¿Cómo que no puedes?

—Tengo una presentación de trabajo a esa hora.

Regina la miró como si no hubiera escuchado bien.

—Victoria, esto es importante.

—Mi presentación también.

La frase salió tranquila, sin desafío. Precisamente por eso alteró más a Regina.

—Fernanda está en un proceso delicado. No estamos hablando de una salida social.

—Yo tampoco.

Isabel intervino con voz baja.

—Hija, sé que tu proyecto te emociona, pero tu hermana necesita apoyo.

Victoria miró a su madre.

—Fernanda tiene a Adrián, a Regina, a ti, a papá, a médicos y enfermeras. No está sola.

Fernanda levantó la mirada.

—No quiero causarte problemas, Vicky.

Victoria sostuvo sus ojos.

—No los causas.

—Si tienes trabajo, lo entiendo —añadió Fernanda, con voz suave—. No quisiera que dejaras algo importante por mí.

Regina se volvió hacia ella.

—Fernanda, no tienes que disculparte por necesitar a tu familia.

Victoria sintió el peso de la frase.

Tu familia.

Como si ese vínculo existiera solo para pedirle que cediera.

—No estoy diciendo que no sea mi familia —respondió Victoria—. Estoy diciendo que mañana no puedo acompañarla.

Regina se acercó un paso.

—Hay momentos en los que una debe entender las prioridades.

Victoria sostuvo la postura.

—Eso he hecho durante años.

Isabel bajó la mirada, incómoda.

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