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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 42

Fernanda pidió cenar con Adrián a solas.

No lo hizo con exigencia. Lo dijo con esa suavidad que volvía difícil negarse sin parecer cruel. Estaban en la sala pequeña de la mansión Montenegro, después de una sesión de terapia que la había dejado cansada, pero animada.

—Quisiera agradecerte todo lo que has hecho por mí —dijo ella, con las manos sobre la manta que cubría sus piernas—. No tiene que ser algo formal. Solo una cena. Tú y yo.

Adrián dejó el vaso de agua sobre la mesa.

—No tienes que agradecerme nada.

—Sí tengo. Has estado pendiente desde que desperté. Sé que no ha sido fácil.

Él pensó en Victoria sin querer.

No ha sido fácil.

La frase podía aplicar a demasiadas cosas.

—Está bien —respondió—. Podemos cenar.

Fernanda sonrió aliviada, como si aquella aceptación significara más que una cena.

Adrián lo notó, pero no la corrigió. Aún cargaba con la culpa y con una juventud ligada al nombre de ella.

Fernanda eligió el restaurante. No era el más lujoso de la ciudad, sino uno que ambos frecuentaban en la universidad, cuando todavía era pequeño y no existían los reservados exclusivos.

—Lo remodelaron mucho —dijo Fernanda al entrar, apoyada en su brazo—. Pero todavía conserva algo de antes.

Adrián miró alrededor.

—Sí. Cambió, pero no demasiado.

—Como nosotros, quizá.

Él no respondió.

El mesero los llevó a una mesa junto a una ventana. Fernanda pidió un platillo que, según ella, compartían en sus años de noviazgo. También eligió un postre que Adrián apenas recordaba.

—Antes decías que era demasiado dulce —comentó ella, sonriendo.

—Probablemente lo decía.

—No probablemente. Lo decías cada vez, y aun así terminabas comiendo la mitad del mío.

Adrián sonrió por cortesía y por memoria.

La escena estaba calculada. Cada detalle parecía intentar traer de vuelta una versión de ellos que Fernanda necesitaba tocar para sentirse segura: los lugares, las frases, los gestos, incluso la forma en que inclinaba la cabeza al hablar de la universidad.

—¿Te acuerdas de la cafetería frente al campus? —preguntó Fernanda.

—La de las mesas verdes.

—Sí. Siempre llegabas tarde porque te quedabas en la biblioteca.

—Cinco minutos no era tarde.

—Para mí sí. Yo decía que algún día ibas a casarte con tus libros.

Adrián bajó la mirada a su copa.

—No lo hice.

Fernanda lo observó, esperando que él dijera algo más. Una broma, quizá. Una frase que devolviera la ligereza de antes.

Pero Adrián no pudo.

Su mente volvió a la biblioteca, a las carpetas de Victoria, a sus notas sobre el abuelo, los pagos, las fechas y las personas que ella cuidó sin pedir reconocimiento.

La letra ordenada de Victoria se le atravesó entre una frase y otra de Fernanda, rompiendo la nostalgia que ella intentaba reconstruir.

—Estás callado —dijo Fernanda.

Adrián levantó la mirada.

—Perdón. Estoy un poco cansado.

—Siempre decías eso cuando algo te preocupaba.

Él intentó sonreír.

—La empresa ha estado pesada.

Fernanda apoyó los codos con cuidado sobre la mesa.

—Antes no necesitábamos decirnos todo para entendernos.

La frase fue suave, pero intencional.

Adrián la miró.

Fernanda extendió la mano y tocó la suya sobre el mantel. No fue invasivo; fue familiar, cargado de recuerdos. Su pulgar rozó apenas sus dedos, como si intentara devolverlos a un lenguaje que alguna vez compartieron.

Adrián no retiró la mano de inmediato.

Pero tampoco la cubrió con la suya.

Fernanda notó la diferencia.

—¿Te incomoda? —preguntó.

—No.

—Entonces, ¿por qué siento que estás lejos?

Adrián miró sus manos.

Podría haberle dicho que nada había cambiado. Que seguía ahí. Que ella no tenía que preocuparse. Antes esas respuestas le salían con facilidad porque parecían necesarias. Esa noche, sin embargo, algo en él se resistió a ofrecer una seguridad que no sentía completa.

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