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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 184

Clara se inquietó.

—¿Va a salir?

—Sí. Al hospital.

—El señor Adrián pidió que cualquier salida se le informara.

—Y se le informará después.

Clara fingió dudar y Victoria no se dio cuenta por eso suavizó la voz.

—Clara, no voy a escaparme. Solo necesito ver a alguien.

La empleada bajó la mirada aun fingiendo.

—Sí, señora.

Prepararse le tomó más tiempo del que esperaba. Cada movimiento le recordaba que su cuerpo aún no le pertenecía por completo. Aun así, cuando logró bajar las escaleras con ayuda de Clara, sintió una satisfacción pequeña, casi infantil. Camille y Mathis estaban en el vestíbulo. Élise los sostenía a distancia, pero los dos la miraban con sorpresa.

—¿Va a volver pronto? —preguntó Mathis.

Victoria sonrió apenas.

—Sí. Solo saldré un momento.

Camille la observó con seriedad.

—Debe cuidarse.

—Lo haré.

El trayecto al hospital fue silencioso. Victoria miró por la ventana sin poder quitarse de la cabeza la imagen de Daniel recostado en una habitación, recuperándose por algo que, según todos, había hecho para salvarla.

Al llegar, pidió que la llevaran en silla de ruedas para no llamar más la atención de la necesaria. En la recepción preguntó por Daniel. La enfermera revisó el sistema, dudó un segundo y le indicó el número de habitación.

Victoria sintió el corazón acelerarse mientras avanzaba por el pasillo. No sabía qué iba a decirle. Gracias parecía una palabra demasiado pequeña. Perdón sonaba injusto. Ninguna frase alcanzaba para nombrar lo que creía deberle.

Al llegar frente a la puerta, tocó suavemente.

—Adelante —dijo la voz de Daniel.

Victoria abrió.

Daniel estaba recostado, con la luz de la tarde entrando por la ventana y el rostro más pálido de lo que ella recordaba. Al verla, no pareció sorprendido.

Solo sonrió con una calma que la hizo detenerse en el umbral.

—No te esperaba, pero me alegra que estes aquí.

Victoria no supo qué contestar. La frase le pareció extraña, demasiado íntima. Aun así, la culpa que llevaba desde la mansión pesó más que cualquier incomodidad.

—Laura me dijo que seguías aquí.

Daniel inclinó un poco la cabeza, como si aquello le causara una ternura silenciosa.

—Le pedí que no te preocupara.

—Eso no era decisión tuya.

—No quería que cargaras con más de lo que ya tenías encima.

Victoria avanzó con la silla hasta quedar cerca de la cama. Sus dedos se cerraron sobre la manta que llevaba sobre las piernas.

—Daniel, donaste una parte de ti por mí. No podías esperar que me quedara tranquila al saberlo días después.

Él bajó la mirada hacia su brazo, donde la vía seguía puesta, y después volvió a mirarla.

—No lo hice para que vinieras a agradecerme.

—Pero tenía que hacerlo.

—No tenías que hacer nada.

Esa respuesta, en apariencia generosa, la hizo sentirse peor. Daniel no pedía nada, no exigía nada, y por eso mismo la deuda parecía crecer dentro de ella.

—Yo no sé cómo se agradece algo así —dijo Victoria, con la voz más baja—. Desde que desperté intento encontrar palabras, pero ninguna alcanza.

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