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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 43

Victoria empezó a buscar departamento sin decírselo a nadie.

No fue un impulso. Llevaba semanas calculando gastos, distancias y rutas entre el taller, la oficina de Daniel, el despacho del licenciado Rivas y las zonas donde pudiera vivir sin depender de choferes, favores ni permisos silenciosos.

No quería lujo. No quería mármol, jardines ni salones que le recordaran que ocupaba un lugar prestado. Quería algo pequeño, práctico, con buena luz y una puerta que pudiera cerrar sin que nadie se sintiera con derecho a abrirla.

La agente le mostró tres opciones esa mañana.

La primera era demasiado grande. La segunda estaba demasiado cerca del círculo Montenegro. La tercera, en cambio, era un edificio discreto, en una calle tranquila, cerca de una cafetería sencilla y una pequeña librería.

Victoria se detuvo apenas entró.

El departamento no era perfecto. La cocina era reducida, el baño necesitaba un espejo nuevo y la sala apenas alcanzaba para un sofá, una mesa y quizá un escritorio junto a la ventana.

Aun así, algo en ese espacio le permitió respirar con menos peso.

—No es tan amplio como los otros —dijo la agente—, pero tiene buena distribución.

Victoria caminó hasta la ventana.

No había jardines elegantes ni entradas custodiadas. Solo una calle común, gente pasando, un repartidor acomodando cajas y una mujer paseando a un perro pequeño.

Era anónimo.

Y podía ser suyo.

—¿Tiene mucho ruido por las noches? —preguntó.

—No demasiado. La zona es tranquila. Hay familias pequeñas y profesionistas jóvenes en el edificio.

Victoria asintió.

Se imaginó llegando después del trabajo, dejando las llaves en una bandeja y quitándose los zapatos sin que nadie mencionara a Fernanda, a Adrián o algún deber familiar.

Se vio cenando algo simple, revisando planos en una mesa propia y durmiendo sin escuchar pasos en pasillos ajenos.

La idea le dio miedo.

Y también alivio.

—¿Cuándo estaría disponible? —preguntó.

La agente revisó su carpeta.

—A partir del próximo mes. Pero si le interesa, podemos apartarlo con una solicitud y el anticipo correspondiente.

Victoria miró de nuevo la sala.

El próximo mes.

La fecha le pareció demasiado cercana y, al mismo tiempo, necesaria.

—Quiero los datos —dijo—. Voy a revisarlo.

La agente le entregó una tarjeta y un folleto del departamento. Victoria los guardó en su carpeta, entre documentos de trabajo, como si no tuvieran importancia.

Pero la tenían.

Eran una puerta.

Esa tarde volvió a la mansión Montenegro con una sensación distinta. El divorcio podía parecer lejano mientras siguiera durmiendo bajo el mismo techo que Adrián, pero un departamento hacía la salida real. Le daba paredes, ventanas y una dirección.

Al entrar, Clara la saludó desde el vestíbulo.

—Buenas tardes, señora.

—Buenas tardes, Clara.

—El señor Adrián está en la biblioteca.

Victoria asintió.

No preguntó si la esperaba. No quiso saber.

Subió a dejar su bolso, pero antes de llegar a las escaleras, una tarjeta cayó de su carpeta sin que lo notara. Siguió caminando, aún con la mente en el departamento pequeño y la ventana junto a la sala.

Minutos después, Adrián salió de la biblioteca.

Había escuchado su voz y caminó al vestíbulo por impulso, sin intención de interceptarla.

Entonces vio la tarjeta en el suelo.

La recogió.

Inmobiliaria Valle Norte.

Debajo del nombre había un número y una dirección escrita a mano. En el reverso, alguien había anotado:

Departamento 304. Disponible próximo mes.

Adrián se quedó inmóvil.

Durante unos segundos no entendió.

O no quiso entender.

Luego la incomodidad lo golpeó.

Victoria no solo hablaba con abogados ni guardaba documentos. Estaba buscando otro lugar para vivir.

El pensamiento le apretó el pecho.

Subió con la tarjeta en la mano y se detuvo frente a la habitación de invitados. Tocó dos veces.

Victoria abrió.

Su mirada bajó de inmediato hacia la tarjeta.

No pareció asustada.

Solo cansada.

—Se te cayó —dijo Adrián.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

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