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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 22

Adrián acompañó a Fernanda a terapia de rehabilitación esa mañana.

No estaba obligado a hacerlo. Regina había contratado a una enfermera, el chofer estaba disponible y el doctor había dicho que no era necesario que toda la familia asistiera. Pero Fernanda le pidió que fuera, y Adrián no supo negarse.

Ella caminaba despacio entre las barras de apoyo, concentrada en cada paso. La terapeuta le daba indicaciones con paciencia, mientras Adrián observaba desde una silla cercana.

—No me mires así —dijo Fernanda, sin apartar la vista del suelo.

Adrián se enderezó.

—¿Así cómo?

—Como si fuera a romperme.

Él bajó la mirada un momento.

—No quiero que te lastimes.

Fernanda sonrió apenas.

—Siempre fuiste así.

Adrián no respondió.

La frase lo llevó a años atrás, a los pasillos de la universidad, cuando Fernanda caminaba a su lado con libros en los brazos y una seguridad que llamaba la atención sin esfuerzo. Ella hablaba de planes como si todo fuera posible. Él la escuchaba y pensaba que estar cerca de ella hacía que la vida pareciera más clara.

Se enamoró de esa versión de Fernanda.

De su facilidad para entrar a un salón y volverlo suyo. De la forma en que reía con sus amigos, discutía con profesores y lo desafiaba sin miedo. Fernanda nunca le pidió permiso para brillar. Tal vez eso fue lo que más lo atrajo.

Ese amor había sido real.

Adrián no podía negarlo.

Por eso le costaba tanto entender qué hacer ahora.

—¿Te acordaste de algo? —preguntó Fernanda, al notar su silencio.

—De la universidad.

Ella se detuvo y la terapeuta le indicó que descansara. Fernanda se sentó con cuidado en una silla cercana.

—Yo también recuerdo algunas cosas. No todas, pero sí momentos. Tú esperándome afuera de clase. Las caminatas. Las discusiones tontas sobre dónde cenar.

Adrián sonrió con una nostalgia contenida.

—Siempre querías elegir tú.

—Porque tú elegías lugares aburridos.

—Eran buenos lugares.

—Eran serios. Todo contigo era serio.

Adrián la miró. Había una familiaridad cómoda en esa conversación, una que no necesitaba explicaciones. Con Fernanda compartía un pasado completo. Con Victoria, en cambio, había compartido años sin saber cómo nombrarlos.

La terapeuta se alejó para revisar una hoja. Fernanda aprovechó el momento para bajar la voz.

—Adrián, no quiero destruir tu matrimonio.

Él se tensó.

—No tienes que pensar en eso ahora.

—Pero lo pienso. Desperté y Victoria está en el lugar donde yo creí que estaría.

Adrián guardó silencio.

Fernanda lo miró con una tristeza suave.

—Me duele saber que otra mujer ocupó mi lugar.

—Fer…

—No la culpo. O al menos intento no hacerlo. Pero es difícil.

Adrián se acercó y se sentó frente a ella.

—Nadie quiso hacerte daño.

—¿Y a ella?

La pregunta lo tomó por sorpresa.

Adrián no respondió de inmediato.

Fernanda bajó la mirada.

—Perdón. No debí decir eso.

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