La familia Altamirano llegó a la mansión Montenegro poco después del mediodía.
Isabel entró con los ojos húmedos antes de ver siquiera a Fernanda. Ernesto caminaba a su lado con una seriedad que no lograba esconder la emoción. Detrás venían dos tías, una prima y el chofer con varios paquetes que nadie había pedido, pero que todos consideraban apropiados para la ocasión.
Victoria los recibió en el vestíbulo.
—Mamá, papá —saludó con cortesía.
Isabel le tomó las manos apenas un instante.
—Victoria, hija. ¿Dónde está Fernanda?
La pregunta llegó antes que cualquier comentario sobre ella.
Victoria señaló hacia el salón pequeño.
—Está descansando ahí. Adrián está con ella.
Isabel soltó sus manos de inmediato.
—Vamos, Ernesto.
Victoria los siguió a cierta distancia.
En el salón, Fernanda estaba sentada en un sillón amplio, con una manta sobre las piernas y Adrián a su lado. Al ver a sus padres, sonrió con ternura medida.
—Mamá…
Isabel se llevó una mano a la boca y caminó hacia ella.
—Mi niña, mi niña hermosa.
Se arrodilló junto al sillón y abrazó a Fernanda con cuidado. Ernesto permaneció de pie unos segundos, rígido, hasta que su hija extendió una mano hacia él.
—Papá.
Él se acercó y le besó la frente.
—Estás de vuelta, hija.
Victoria se quedó cerca de la entrada.
La escena no era injusta por sí misma. Fernanda había despertado después de años. Era natural que sus padres lloraran, que se aferraran a ella, que sintieran alivio. Victoria lo entendía.
Lo que dolía era ver cómo ese amor ocupaba todo el salón sin dejarle siquiera un rincón.
—Estás preciosa —dijo Isabel, acariciándole el cabello a Fernanda—. Delgada, pero preciosa. Vas a recuperarte pronto.
—Eso intento —respondió Fernanda con voz suave.
Una de las tías dejó los paquetes sobre una mesa.
—Te trajimos algunas cosas. Ropa cómoda, libros, las galletas que te gustaban.
Fernanda sonrió.
—Gracias, tía.
Ernesto miró a Adrián.
—Has estado pendiente de ella.
—Claro —respondió él—. Lo necesario.
Isabel se volvió hacia Victoria entonces, como si recordara que también estaba ahí.
—Y tú, hija, gracias por todo tu apoyo.
Apoyo.
Victoria reconoció la palabra. Siempre era apoyo. Ayuda. Sacrificio. Nunca vida. Nunca matrimonio. Nunca dolor propio.
—No tienen que agradecerme —dijo.
Ernesto asintió, práctico como siempre.
—Gracias a tu decisión, la familia pudo mantenerse estable. No lo olvidamos.
Victoria lo miró.
—Me alegra que lo tengan presente.
Su padre no notó el matiz. O eligió no hacerlo.
—Fue una etapa difícil para todos.
Fernanda bajó la vista con expresión triste.
—Siento haber causado tantos problemas.
Isabel se apresuró a tocarle la mejilla.
—No digas eso. Tú no causaste nada.
Victoria guardó silencio.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....