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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 220

Fernanda escuchó unas tijeras. Al mirar sus manos descubrió que volvía a tener siete años.

Un dolor constante le atravesaba el costado, aunque no pertenecía a ese recuerdo. Intentó tocarse y no pudo. Sus brazos pesaban, como si alguien los sujetara en otro lugar.

Estaba en el vestidor de su madre. Victoria sostenía una muñeca con el cabello cortado de manera desigual.

—La arruinaste —dijo Fernanda.

—Quería que se pareciera a mí.

Victoria sonreía como si aquello no importara.

—Era mi favorita.

—Te doy la mía.

La muñeca que le ofrecía era más nueva y bonita. Eso enfureció a Fernanda, mientras una punzada bajo las costillas la obligaba a encogerse.

La puerta se abrió. Isabel contempló el desastre.

—Fernanda, no hagas llorar a tu hermana.

—Ella tomó mi muñeca.

—Victoria es pequeña. Tú debes entenderlo.

Fernanda trató de despertar. Sus párpados no respondieron. Algo tiraba de su brazo y una voz masculina ordenaba aumentar la dosis. Quiso preguntar dónde estaba, pero la lengua no le obedeció.

Después apareció en el consultorio de paredes claras.

Tenía nueve años. La psicóloga infantil colocó dos dibujos sobre la mesa.

—Tu madre dice que estás enojada con Victoria —comentó la doctora.

—Siempre me culpa cuando ella hace algo.

—Tal vez porque espera más de ti.

—¿Por qué?

—Porque eres la mayor. Eres quien representa a la familia.

Fernanda enderezó la espalda.

—Victoria no sabe comportarse.

—Y, aun así, consigue que todos corran a consolarla. ¿Eso te molesta?

—A veces.

—Es natural. Cuando alguien se muestra frágil, puede quedarse con la atención que otros se ganaron haciendo todo bien.

—¿Lo hace a propósito?

La psicóloga sonrió sin responder.

—Tú la conoces mejor. ¿Qué sientes cuando tu padre deja una reunión para ayudarla?

—Que ella pudo hacerlo sola.

—¿Y cuándo tu madre te pide que le cedas algo?

—Que siempre tengo que perder para que Victoria esté contenta.

—Entonces debes defender el lugar que te corresponde.

El consultorio se inclinó. El rostro de la doctora se desdibujó y su voz se alejó, pero el dolor del costado permaneció. Fernanda comprendió que algo estaba mal. Aquello no podía ser solo un recuerdo.

La silla se convirtió en el asiento del comedor. Toda la familia cantaba para Victoria.

—Pide un deseo —dijo Ernesto.

—Quiero ser como Fernanda.

Isabel abrazó a la menor.

—¿Ves cuánto te admira?

La voz de la psicóloga surgió detrás de Fernanda.

—Imitar también es una forma de ocupar el lugar de alguien.

—Ella no me quiere —respondió Fernanda.

—¿Estás segura de que esa idea nació de ti?

El comedor desapareció. Una maestra colocaba el dibujo de Victoria junto al suyo.

—Las hermanas Altamirano tienen mucho talento.

Varias compañeras rodearon a Victoria.

—Fer, ven. Les dije que tú me enseñaste.

—Si reconoce que le enseñaste, también reconoce que puede reemplazarte —insistió la voz.

—No quiero escucharte.

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