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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 51

Victoria firmó el acuerdo al día siguiente.

En la oficina privada de Camila Duarte, con Daniel a un lado, Laura revisando el calendario y una representante de la firma explicando los últimos puntos.

El documento no era solo una autorización para usar su imagen.

Era una puerta profesional.

La campaña presentaría a Victoria Altamirano como parte del concepto creativo de una línea privada de diseño funcional para espacios de lujo. Su nombre aparecería en materiales internos, reuniones con clientes y una pequeña presentación editorial para inversionistas.

Todo estaba delimitado: fechas, fotografías, entrevistas, uso de imagen, temas permitidos y derecho a revisar contenido antes de publicarlo.

Victoria había pedido cada cláusula con cuidado.

No quería que su vida personal se mezclara con su trabajo. No quería que el apellido Montenegro se usara como gancho. No quería que su historia familiar se volviera un adorno para vender elegancia.

—Aquí se especifica que cualquier mención a su matrimonio queda fuera de la campaña —dijo la representante—. Nos enfocaremos en diseño, proceso creativo y funcionalidad.

Victoria asintió.

—Eso es importante para mí.

Camila la observó con aprobación discreta.

—Y es lo correcto para la marca. Tu valor en este proyecto no depende de con quién estés casada.

Daniel no dijo nada, pero Victoria sintió su apoyo en ese silencio respetuoso.

Cuando llegó el momento de firmar, sostuvo la pluma unos segundos antes de escribir su nombre.

Victoria Altamirano.

La tinta quedó sobre el papel con una claridad que le apretó la garganta.

No era una firma de divorcio. No era una renuncia. No era otro documento para sostener acuerdos familiares.

Era algo suyo.

Algo que aceptaba por decisión propia.

Cuando terminó, Laura soltó un suspiro.

—Ahora sí podemos celebrar.

Victoria levantó la mirada.

—Apenas firmé.

—Precisamente —dijo Laura—. Eso merece celebración.

Daniel cerró la carpeta.

—Estoy de acuerdo. Un brindis pequeño. Nada formal.

—Tengo que revisar unos ajustes —respondió Victoria, casi por costumbre.

Camila la miró con firmeza.

—Los ajustes pueden esperar media hora. Aprende a recibir un logro sin disculparte por él.

Victoria no supo qué responder.

Media hora después estaban en el taller, alrededor de una mesa con agua mineral, café y sidra sin alcohol que Laura había comprado cerca. El gesto era sencillo, casi improvisado, pero para Victoria se sintió más cálido que muchas cenas elegantes en la mansión Montenegro.

El equipo se reunió alrededor. Personas que la habían visto llegar con dudas, corregir prototipos y defender decisiones técnicas ahora la felicitaban con alegría sincera.

—Por Victoria —dijo Laura, levantando su copa—. Porque por fin alguien va a ponerle rostro a todo ese criterio que nos hace rehacer planos tres veces.

Hubo risas suaves.

Daniel levantó su vaso.

—Por su visión, su disciplina y la manera en que se levantó sin esperar que nadie le abriera todas las puertas.

La frase la tocó más de lo que esperaba.

Daniel hablaba de su trabajo, de su esfuerzo, de esa parte de ella que había permanecido viva incluso cuando nadie la nombraba.

—Gracias —dijo Victoria, con voz serena—. De verdad.

Laura la abrazó con cuidado.

—Te lo ganaste.

Victoria cerró los ojos apenas un segundo.

Se lo había ganado.

En la mansión Montenegro esas palabras casi nunca estaban dirigidas a ella. En ese taller, en cambio, hablaban de mérito.

El ambiente siguió ligero. Alguien bromeó sobre las fotos de la campaña. Otro preguntó si tendrían que fingir que el taller siempre estaba ordenado. Victoria incluso se permitió reír sin medir si su alegría incomodaba a alguien.

No supo que Adrián había llegado hasta que el taller empezó a quedarse en silencio.

Él apareció en la entrada con una expresión contenida. No parecía furioso. Tampoco cómodo pero, su presencia alteró el aire, como si el mundo de Victoria y el mundo de Adrian chocarán en medio de aquella sala.

Daniel fue el primero en acercarse.

—Señor Montenegro.

—Reyes.

El saludo fue correcto, pero tenso.

Victoria dejó su vaso sobre la mesa.

—Adrián. ¿Pasó algo?

La pregunta fue educada.

No hubo emoción en su rostro.

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