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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 49

Daniel hizo la propuesta al día siguiente.

Victoria llegó al taller pensando en la colaboración que Camila había mencionado, pero encontró a Daniel en la sala de juntas con una carpeta distinta sobre la mesa. Laura también estaba ahí, demasiado seria para una reunión común.

—¿Pasó algo? —preguntó Victoria.

Daniel señaló la silla frente a él.

—Nada malo. Siéntate.

Victoria dejó su bolso a un lado y tomó asiento.

—Cuando alguien empieza así, casi nunca es algo simple.

Laura sonrió apenas.

—Esta vez sí es bueno.

Daniel abrió la carpeta y deslizó hacia ella varias hojas con imágenes de referencia, bocetos y un resumen de campaña.

—La firma privada que preguntó por ti no solo quiere una colaboración de diseño. Quiere que seas la imagen creativa de una campaña cerrada para clientes de alto nivel.

Victoria leyó el encabezado dos veces.

—¿Imagen creativa?

—Como modelo, sí —aclaró Daniel—, pero no de una forma vacía. Quieren presentar la línea a través de quien la pensó. Tu rostro, tu criterio, tu discurso y tu visión profesional.

Victoria sintió que la sala se volvía demasiado quieta.

—Eso es exponerse mucho.

—Sí —respondió él—. Y también puede abrirte puertas importantes.

Laura se inclinó hacia ella.

—Diseño, lujo, arquitectura de producto, editoriales privadas. Todo eso puede conectarse si lo manejamos bien.

Victoria bajó la mirada a las imágenes. Eran fotografías sobrias: espacios elegantes, piezas montadas en residencias, mesas de trabajo y manos dibujando sobre planos. Nada vulgar. Nada estridente. Aun así, la idea de ocupar el centro le provocó una resistencia inmediata.

—Mi familia va a decir que uso la situación para llamar la atención.

Daniel no respondió de inmediato.

—Tu familia ya habla aunque no hagas nada.

Victoria levantó la mirada. La frase fue directa, pero no cruel.

—Eso no la vuelve fácil de escuchar.

—Lo sé. Pero si dejas que otros definan tu imagen, seguirás siendo solo la esposa de Adrián Montenegro o la hermana de Fernanda Altamirano. Esta campaña puede presentar otra lectura.

Victoria tocó una de las hojas.

—Victoria Altamirano.

—Exacto.

Ver su nombre separado del apellido Montenegro le produjo una emoción breve. No quería necesitar verlo impreso para sentirse real, pero ahí estaba, vinculado a un proyecto que había ganado con trabajo.

—Necesito pensarlo —dijo.

Daniel asintió.

—Por supuesto.

—Y necesito límites claros. Imágenes, entrevistas, uso de mi nombre, distribución.

Laura empujó otra hoja hacia ella.

—Ya preparé una lista de preguntas. Sabía que ibas a pedir eso.

Victoria casi sonrió.

—Me conoces demasiado.

—Te escucho cuando trabajas. Es distinto.

La reunión continuó casi una hora. Hablaron de estrategia, reputación, alcance y riesgos. Daniel no la presionó, pero dejó claro que la oportunidad podía cambiar el rumbo de su carrera.

Al mediodía, Adrián se enteró.

No fue por Victoria. Camila Duarte lo llamó para hablar de la fundación y, al final, mencionó la propuesta con naturalidad.

—Victoria va a tener bastante visibilidad si acepta. Es un paso inteligente.

Adrián se quedó inmóvil.

—¿Qué tipo de visibilidad?

—Campaña privada. Perfil creativo. Nada escandaloso.

La palabra visibilidad quedó instalada en su cabeza.

—¿Y Reyes está detrás de eso?

Camila hizo una pausa.

—Daniel la propuso porque conoce su trabajo. Pero la firma la quiere por lo que presentó y por la reacción que tuvo su imagen. No por él.

Adrián notó el matiz y no le gustó.

—Entiendo.

No entendía. O quizá entendía demasiado.

Victoria sería vista, fotografiada, citada, admirada. Su nombre circularía en espacios donde él no controlaba las conversaciones. Otros podrían hablar de su porte, de su talento, de esa serenidad que él apenas empezaba a descubrir.

Se dijo que era por la imagen familiar.

La excusa le duró poco.

Esa noche la esperó en la biblioteca.

Victoria llegó con una carpeta en la mano. Al verlo, no pareció sorprendida.

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