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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 222

Marcos permaneció inclinado frente a Fernanda, incapaz de responder a la petición que acababa de escuchar.

—No digas eso.

Ella intentó mantener los ojos abiertos, pero las drogas volvían a arrastrarla. El dolor del costado no disminuía. Cada respiración tensaba la herida y hacía que las correas lastimaran sus muñecas cuando trataba de moverse.

—Por favor —repitió—. Ya no puedo.

Marcos levantó una mano, aunque no se atrevió a tocarla. Había participado en demasiadas decisiones para fingir que no sabía cómo terminó allí. Aun así, verla sufrir convertía las justificaciones en algo difícil de sostener.

La puerta se abrió con violencia. Daniel entró todavía con la ropa que llevaba al abandonar el hospital. La palidez de su rostro y el cansancio de sus movimientos no consiguieron ocultar su enojo.

—¿Por qué no contestabas?

Marcos se enderezó.

—No recibí ninguna llamada.

—Te marqué nueve veces y envié mensajes desde dos números. La alerta también tardó en aparecer como recibida.

Marcos sacó el celular y revisó la pantalla. No había llamadas perdidas ni mensajes recientes. La señal aparecía y desaparecía en la parte superior.

—La red ha estado fallando todo el día. Pensé que era por este lugar.

Daniel le arrebató el teléfono, revisó las aplicaciones y después se lo devolvió.

—Debiste comprobarlo antes. Si te dejo a cargo de algo, necesito localizarte.

—Estaba cuidándola.

Daniel miró a Fernanda. Ella había vuelto a cerrar los ojos, aunque el movimiento irregular de su pecho demostraba que seguía consciente.

—No parece que necesite compañía.

Fernanda abrió los párpados al reconocer su voz.

—Daniel…

Él se acercó a la cama.

—Así que todavía puedes reconocerme.

—Mátame.

Daniel la contempló durante unos segundos y luego sonrió con desprecio.

—¿Matarte? ¿Por qué haría eso? Victoria podría necesitar alguno de tus órganos en el futuro y tú eres la lista de refacciones perfecta si se necesita.

Marcos sintió rechazo.

—No hables así.

Daniel giró hacia él.

—¿Ahora te molesta? Estuviste de acuerdo cuando necesitábamos el riñón.

—No me dijiste que seguiría sufriendo después de la cirugía.

—Le extrajeron un órgano, no esperabas que se levantara a bailar, ¿cierto?

Fernanda intentó encogerse cuando otra punzada atravesó su costado. Un gemido escapó de sus labios. Marcos dio un paso hacia ella, pero Daniel le cerró el paso.

—No la toques.

—Necesita un médico.

—Ya fue atendida.

—Necesita estar en un hospital.

Daniel bajó la voz.

—¿Quieres entrar con ella y explicar cómo llegó inconsciente a una cirugía que jamás autorizó?

—Tiene fiebre y casi no puede hablar.

—Puede hablar lo suficiente para pedirte que la mates.

Marcos observó a Fernanda. A ratos parecía escucharlos; después, la mirada se perdía y sus labios formaban palabras para personas ausentes. El medicamento la mantenía atrapada entre el presente y recuerdos que la hacían temblar.

—Al menos deja de administrarle esa dosis —pidió.

—Si despierta por completo, intentará escapar o gritar. ¿Piensas cargarla tú mientras nos persiguen?

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