Daniel cerró la computadora cuando uno de sus hombres entró al despacho improvisado. No necesitó preguntar si habían encontrado algo; la expresión del guardia bastó para confirmar que el mensaje había salido de la propiedad.
—El asistente asegura que no utilizó el teléfono.
—Entonces alguien lo tomó sin que se diera cuenta.
—¿Quiere que revisemos la habitación?
Daniel negó con un movimiento tranquilo. Si Marcos estaba ayudando a Fernanda, enfrentarlo de inmediato solo conseguiría que negara todo. Era preferible permitirle avanzar hasta comprobar cuánto había preparado y si alguien más participaba. Después podría deshacerse de todos los traidores al mismo tiempo.
—Cambien a los guardias de las salidas secundarias y retiren las llaves de los vehículos.
—¿Y la mujer?
—Que nadie entre hasta que yo lo indique.
Daniel observó las cámaras. Marcos acababa de regresar al corredor donde mantenían a Fernanda. Caminaba deprisa y miraba a ambos lados, incapaz de disimular su inquietud.
—No les digan que sabemos lo del mensaje.
El hombre asintió y salió. Daniel volvió a mirar la pantalla. Fernanda había pasado demasiado tiempo creyendo que podía desafiarlo porque su apellido siempre la había protegido de las consecuencias. Estaba a punto de descubrir que, dentro de aquella propiedad, ser una Altamirano no significaba nada.
En la habitación, Marcos ajustaba la silla que utilizarían durante el escape. Fernanda llevaba ropa holgada para ocultar las vendas. Vestirse había requerido la ayuda de la enfermera, a quien Marcos convenció de que preparaban un traslado autorizado.
—No podré mantenerme sentada demasiado tiempo —advirtió Fernanda.
—Solo debemos llegar hasta el vehículo.
—¿Ya confirmaste que estará ahí?
—La entrega de proveedores llegará en veinte minutos.
Fernanda miró el teléfono apagado dentro del cajón. Había depositado demasiadas esperanzas en aquel mensaje, como antes las había depositado en Marcos, convencida de que bastaba con encontrar una salida para que todo lo anterior dejara de perseguirla. Durante años había confundido escapar con comenzar de nuevo. Ahora sabía que ninguna frontera podía liberarla de lo que había hecho.
—Daniel sabe que enviamos algo.
—No puede demostrar que fuimos nosotros.
—No necesita demostrarlo. Nunca lo ha necesitado.
Marcos empujó la silla cerca de la cama.
—Si hubiera decidido trasladarte, ya habría entrado con sus hombres.
—Quizá está esperando que intentemos salir.
La posibilidad lo hizo detenerse. Fernanda reconoció en su rostro la misma duda que tantas veces había visto cuando hablaban de huir juntos. Antes la interpretaba como prudencia; después del coma comprendió que también era miedo. Marcos había sido su refugio porque junto a él no tenía que ser la hija perfecta, la mujer impecable ni la hermana que aparentaba no sentirse inferior. Había creído amarlo cuando, en realidad, amaba la versión de sí misma que podía representar a su lado.
—Tenemos que hacerlo ahora —decidió él.
Marcos liberó las correas y la ayudó a sentarse. El dolor le atravesó el costado, obligándola a cerrar los ojos. Durante varios segundos no consiguió respirar con normalidad.
—No puedes viajar así.
—Tampoco puedo quedarme.
—Si la herida se abre…
—Me llevarás a un hospital.
Marcos sostuvo su mirada. En ella no encontró a la mujer que alguna vez le pedía que decidiera por ambos, sino a alguien que empezaba a comprender que nadie podía rescatarla de sí misma.
Fernanda ocupó la silla y cubrió parte del rostro con una mascarilla. Marcos colocó una manta sobre sus piernas y acomodó una caja médica encima, fingiendo que trasladaba material. El pasillo permanecía casi vacío. Al llegar a la primera puerta, un guardia diferente revisó la identificación de Marcos.
—No sabía que cambiaban el turno —comentó él.
—Orden del señor Reyes.
Fernanda mantuvo la cabeza inclinada. Daniel siempre convertía a los demás en piezas de un juego cuyas reglas solo él conocía. Lo había permitido mientras creyó que sus intereses coincidían. Reconocerlo la avergonzaba, porque no podía fingir que había sido únicamente su víctima.
—¿Qué llevas? —preguntó el guardia.
—Equipo para el proveedor.
El hombre observó la caja, pero no pidió que la abriera. Los dejó avanzar después de comunicarse mediante el auricular.
—Nos dejó pasar con demasiada facilidad —susurró Fernanda.
—Todavía no hemos llegado a la salida.
Atravesaron otro corredor y entraron en el área de almacenamiento. Las puertas destinadas a los proveedores estaban abiertas. Dos trabajadores descargaban cajas sin prestarles atención.
Marcos dirigió la silla hacia el vehículo que había preparado. Desde lejos comprobó que permanecía estacionado en el mismo lugar.
—Lo conseguimos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....