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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 240

Marcos permaneció frente a la puerta de la oficina, bloqueando el acceso hacia Fernanda. Los hombres de Daniel se colocaron a ambos lados del pasillo, cerrando cualquier ruta de escape.

—¿Cuánto tiempo llevas reduciendo las dosis? —preguntó Daniel.

—No sé de qué hablas.

—La conexión salió del teléfono del asistente que entró a su habitación. Fernanda no pudo tomarlo sola.

Marcos mantuvo el rostro sereno, aunque la tensión de sus hombros lo delataba.

—Cualquiera pudo utilizarlo.

—Pero solo tú sabías qué imagen enviar.

Dentro de la oficina, Fernanda escuchaba con la espalda apoyada contra el escritorio. El borde de madera se clavaba en sus heridas, pero no se movió. Si Daniel abría la puerta, la encontraría completamente consciente, vestida para escapar y sosteniendo una engrapadora como única defensa.

La escena resultaba humillante. Durante años había creído que su apellido, su apariencia y su habilidad para manipular a los demás podían protegerla de cualquier consecuencia. Ahora dependía del hombre al que había confundido con una salida, mientras otro decidía si continuaba viva.

—La señal falla —respondió Marcos—. Quizá el dispositivo se conectó sin enviar nada.

—Llegó una fotografía a Isabel Altamirano.

La confirmación produjo un alivio inmediato en Fernanda. Su madre había recibido el mensaje. Isabel sabría que seguía viva.

Sin embargo, el consuelo quedó acompañado por una punzada de culpa. ¿Qué sentiría su madre al descubrir que su hija no solo había sobrevivido, sino que había participado en el daño contra Victoria? Fernanda deseaba que la encontraran, pero temía el momento en que tendría que mirar a su familia sin una cama de hospital, una enfermedad o una mentira detrás de la cual ocultarse.

Marcos dejó de fingir.

—Entonces ya saben dónde buscarla.

—Saben que está en una propiedad relacionada con una empresa. No saben si continúa aquí.

—Lo descubrirán pronto.

Daniel inclinó la cabeza.

—¿Piensas entregarte?

—Pienso llevarla a un hospital.

—Fernanda sobrevivió gracias a los cuidados que pagué.

—Sobrevivió a pesar de ellos. Tiene fiebre, la herida no mejora y apenas puede mantenerse consciente.

—Eso no pareció impedir que la sacaras de la habitación.

Marcos miró a los hombres que cerraban el pasillo.

—Danos un vehículo.

Daniel esbozó una sonrisa.

—¿Y qué recibiré a cambio?

—Las pruebas de la cirugía.

Fernanda se tensó. Marcos nunca le había dicho que conservaba evidencias. Una parte de ella sintió alivio; otra comprendió que él también había preparado una salida personal desde el inicio.

—¿Qué pruebas? —preguntó Daniel.

—Transferencias, fotografías, mensajes y registros del hospital. Guardé copias de todo.

—Siempre supe que lo harías.

La seguridad de Daniel desconcertó a Marcos.

—Entonces sabes que puedo destruirte.

—Sé que eres incapaz de participar en algo sin reservar una protección para ti mismo.

Daniel avanzó un paso.

—También sé qué cuentas utilizaste, qué documentos firmaste y qué cámaras te muestran trasladando a Fernanda. Si la policía llega, encontrará a un amante obsesionado que secuestró a la mujer que lo rechazó.

Fernanda cerró los ojos. Daniel había elegido cada palabra para convertirla en una víctima indefensa y a Marcos en el único responsable. La versión funcionaría porque contenía partes de la verdad. Marcos la había ayudado a escapar cuando desconecto el equipo médico de Victoria. También había participado en su secuestro y permitido que la operaran. El hecho de que Daniel hubiera organizado todo no eliminaba las decisiones de Marcos.

—Tú organizaste la cirugía —dijo él.

—Pruébalo.

—Eso haré.

—¿Con registros donde aparece tu nombre? ¿Con pagos hechos desde empresas relacionadas contigo? Te permití sentirte importante porque necesitaba a alguien dispuesto a cargar con cada movimiento visible.

El rostro de Marcos cambió. Fernanda reconoció en él la comprensión tardía de quien descubre que nunca fue un socio. Daniel lo había utilizado del mismo modo en que ella utilizó a tantas personas para sostener su imagen. La diferencia era que Daniel no parecía sentir culpa.

—No voy a permitir que vuelvas a tocarla.

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