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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 27

Fernanda invitó a Victoria a tomar café como hermanas.

Eso dijo.

La frase llegó con una sonrisa amable, delante de Isabel y Regina, de modo que rechazarla habría parecido un gesto cruel. Victoria aceptó sin cambiar la expresión. Ya conocía demasiado bien esas invitaciones que venían envueltas en dulzura y terminaban dejando una marca.

Se reunieron en una terraza lateral de la mansión Montenegro. Clara sirvió café, panecillos pequeños y agua. Después se retiró, dejando a las dos hermanas solas.

Fernanda sostuvo la taza entre ambas manos.

—Quería agradecerte.

Victoria la miró con calma.

—¿Por qué?

—Por estos años. Por cuidar de Adrián mientras yo no podía estar.

Victoria dejó la taza sobre el plato.

—Ya me lo habías agradecido.

—Lo sé, pero siento que no lo dije bien.

Fernanda bajó la mirada con una expresión suave, casi triste.

—Despertar y descubrir todo esto ha sido difícil. No quiero parecer ingrata. Sé que hiciste mucho por todos.

—Hice lo que me pidieron hacer.

Fernanda levantó los ojos hacia ella.

—Pero también aceptaste casarte con él.

Victoria sostuvo su mirada.

—Sí.

—Eso debió ser complicado.

—Lo fue.

Fernanda asintió despacio, como si quisiera mostrarse comprensiva.

—A veces pienso que ninguna de las dos eligió realmente lo que pasó. Yo perdí años. Tú terminaste en un matrimonio que nació de una tragedia.

Victoria no respondió.

Fernanda continuó:

—No quiero que nadie sufra por algo que ya fue demasiado doloroso.

La frase parecía noble.

Victoria escuchó lo que había detrás.

—¿A qué te refieres?

Fernanda tomó aire con cuidado.

—A que quizá, ahora que estoy despierta, todos deberíamos intentar poner las cosas en su lugar.

Victoria observó el rostro de su hermana.

La dulzura seguía ahí. También la fragilidad. Pero debajo había una intención mucho más firme.

—¿Las cosas o a las personas? —preguntó Victoria.

Fernanda parpadeó.

—No quise decirlo así.

—Pero lo pensaste así.

—Vicky, no quiero pelear contigo.

—Yo tampoco.

—Entonces entiéndeme. Desperté y encontré a mi hermana siendo la esposa del hombre que yo amaba. No digo que sea tu culpa, pero tampoco puedes pedirme que no me duela.

Victoria guardó silencio unos segundos.

Esa era la habilidad de Fernanda. Decía cosas hirientes de una forma que obligaba a los demás a verla como víctima. Cualquier respuesta fuerte haría quedar a Victoria como la hermana fría, celosa, incapaz de compadecerse de una mujer que acababa de recuperar parte de su vida.

Pero Victoria ya no era la misma.

—No te estoy pidiendo nada —dijo.

Fernanda la miró con atención.

—Solo digo que tal vez sería mejor evitar más daño. Para todos.

—Para todos o para ti.

Fernanda dejó la taza sobre la mesa.

—No seas injusta.

Victoria casi reconoció la voz de su madre en esa frase.

—No necesito que me recuerdes mi lugar, Fernanda.

Su hermana se quedó quieta.

Victoria habló sin levantar la voz.

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