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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 26

Victoria volvió al despacho del licenciado Rivas con una carpeta completa.

Había reunido documentos personales, copias de estados de cuenta, actas, contratos y algunos papeles relacionados con el acuerdo entre las familias Altamirano y Montenegro. No había sido sencillo. Cada hoja parecía recordarle que su matrimonio no solo había unido a dos personas, sino intereses, nombres y deudas que otros habían colocado sobre ella.

El abogado revisó los documentos durante varios minutos.

Victoria esperó en silencio, sentada frente al escritorio.

—Hay una opción —dijo Rivas al fin—. No es la más conveniente para usted en términos económicos, pero puede permitirle salir sin reclamar compensación.

Victoria se enderezó.

—Eso quiero.

—Déjeme terminar —dijo él con calma—. Si renuncia a ciertos derechos adquiridos durante el matrimonio, el proceso podría ser menos conflictivo. Pero necesito que entienda lo que implica. Usted estaría dejando atrás bienes, beneficios y posibles recursos que legalmente podrían corresponderle.

—No quiero nada.

Rivas la miró con seriedad.

—Victoria, una cosa es no buscar venganza y otra muy distinta es quedar desprotegida.

Ella bajó la vista a sus manos.

—No quiero llevarme nada que parezca de Fernanda.

El abogado guardó silencio.

—¿Por qué dice eso?

Victoria tardó en responder.

—Porque todo en esa vida parece haberle pertenecido antes a ella. La casa, el apellido, la familia, Adrián. Aunque legalmente haya sido mi matrimonio, siempre se sintió prestado.

Rivas apoyó la pluma sobre la mesa.

—Entiendo la carga emocional, pero debo pensar en su futuro. Usted también tiene derecho a estabilidad.

—La voy a construir.

—Con más razón debería considerar no renunciar a todo.

Victoria levantó la mirada.

—Licenciado, si acepto algo, ellos dirán que lo hice por dinero. Dirán que cumplí mi función y cobré por retirarme. No quiero darles esa explicación sobre mí.

—No debería importar lo que digan.

—Pero importa lo que yo pueda soportar.

Rivas asintió con lentitud.

—Entonces prepararemos un camino ordenado. Pero le pediré algo: no firme nada sin que yo lo revise.

—De acuerdo.

—Y no se precipite. Su dignidad no tiene que costarle seguridad.

Victoria sostuvo esa frase con más atención de la que esperaba.

—Lo tendré presente.

Al salir del despacho, no se sintió libre todavía. Pero sí más cerca de una puerta. Una real. Una que no dependía de que Adrián la abriera.

Mientras tanto, Adrián estaba en una reunión con dos socios antiguos de la empresa Montenegro.

El tema inicial era una fundación vinculada al hospital, pero la conversación cambió cuando uno de ellos mencionó la cena por la recuperación de Fernanda.

—Fue un evento impecable —dijo el señor Cárdenas—. Tu esposa manejó todo con mucha habilidad.

Adrián levantó la vista.

—¿Victoria?

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