Andruw Di´Marco.
No podría describir la forma en que mi sangre hirvió en el momento en que mis ojos se encontraron con los de Scarlett.
Fue como si alguien hubiese presionado un interruptor en el momento en que vi el terror nublar sus ojos verdes. Mi dedo se cerró sobre el gatillo antes de que mi cerebro pudiera siquiera concebir la idea de matar a ese hombre.
El percutor accionó la bala provocando un estruendo ensordecedor que arrancó un grito de los presentes. Únicos testigos del momento en que decidía abrazar mi legado, ese que había jurado abandonar en el instante en que decidí convertirme en médico.
No hubo dudas. Mi mano no tembló. Como si el arma siempre hubiese sido una extensión de mí mismo, y quizás, de cierta forma lo había sido. Había sido educado para esto, para arrebatar vidas, pero en su lugar yo había decidido salvarlas.
Grave error. Porque, por más que trates de huir, no puedes escapar de tu destino.
Vi como el cuerpo del hombre se tambaleo cuando la bala lo impacto en el hombro. Había disparado para desestabilizarlo, no para matarlo. Fui consciente del momento exacto en que su agarre sobre Scarlett se aflojo, y como si esa fuera mi señal, extendí mi mano libre hacia ellos. Hacia Scarlett.
Ella forcejeo apenas un poco, liberándose del hombre que, guiado por su instinto, llevo su mano, la misma que sostenía el arma, hacia su hombro. Intentando cubrir su herida.
Fue solo una fracción de segundo.
Una que fue más que suficiente para que Scarlett escapara de sus garras y corriera hacia mis brazos.
El mundo solo volvió a existir cuando sus dedos rozaron los míos y, en un movimiento rápido, la envolví con mi brazo, girándola para colocarla detrás de mí.
Mi dedo volvió a cerrarse sobre el gatillo. Una. Dos veces.
El hombre se tambaleó una vez más cuando las nuevas balas impactaron, una en su costado izquierdo, la otra en su pierna, incapacitándolo.
Lo quería vivo. Para pagar las consecuencias de haberse atrevido a ponerle las manos encima a lo que era mio.


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