Scarlett Valenti.
A veces el instinto es mucho más fuerte que la lógica.
Mi cerebro me gritaba que me mantuviera cerca de Andruw, que con él estaba a salvo, pero mi instinto, esa parte irracional de mí, solo me pedía llegar a Liam.
No recuerdo el momento en que llegue a los arbustos. Ni si la balacera seguía o no.
Solo fui consciente del instante en que mis rodillas golpearon la tierra. Y, desesperada, buscaba a Liam.
Las ramas me arañaron las manos y eso no me importó. Solo me importaba rogar porque mi hijo estuviera bien, porque ningún peligro pudiera alcanzarlo.
Y no puedo describir con palabras la sensación que invadió mi pecho cuando lo vi. Aun acurrucado entre las hojas, sus manitos cerradas en puños, su pecho subiendo y bajando al ritmo de su respiración tranquila y profunda.
Dormía.
Había dormido durante todo el infierno. Y eso solo incremento mi alivio.
Un sollozo escapo de mi garganta, ronco, desgarrado. Lo levanté con manos temblorosas, lo apreté contra mi pecho, hundí mi nariz en su cabello y aspiré su olor a bebé, a vida, a todo lo que aún no había perdido.
— Estás bien — susurré, una y otra vez —. Ya todo está bien, bebé. Todo está bien.
Pero no lo estaba.
Yo no lo estaba.
Todo mi cuerpo temblaba. Impulsado por el miedo que se negaba a ceder. Las lágrimas seguían cayendo, calientes y silenciosas, mientras me mecía de forma inconsciente, mientras intentaba convencerme de que el peligro había pasado.
Pero me era imposible creerlo.
Ya no había balas. Pero había sirenas resonando. Había sollozos ajenos. Y había pasos… Pasos que se acercaban. Lentos, firmes, inconfundibles.
Mi cuerpo se tensó. Mis brazos rodearon a Liam con más fuerza, y un escalofrío recorrió mi espalda.
Un nuevo miedo diferente se desato en mi interior. No a lo que había presenciado. No por haberlo visto empuñar un arma mientras me salvaba. ¡Por supuesto que no! Lo que ahora me aterraba era el tener que lidiar con las consecuencias de mis actos. De haber intentado escapar.
Los pasos se detuvieron, pero yo no me atreví a levantar la vista. No podía.
El silencio reino.
Él no hablaba. Solo estaba allí, de pie, mirándome. Lo sé porque podía sentir su mirada clavada en mí nuca, pesada, intensa, como si estuviera esperando algo. Una explicación. Una palabra. Un gesto.
Yo no tenía nada para darle.

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